En Colombia ¿Quiénes sobran?

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En uno de esos episodios grotescos que infortunadamente en la actualidad se han vuelto comunes en el Congreso de la República, un senador del partido de gobierno le dijo a otro de la oposición, que allí sobraba (y que si de él dependiera, lo habría expulsado), con énfasis en el que le daba a entender que era “desechable”, epíteto con el cual particularizan en forma inhumana a mendigos y basuriegos, a lo que el aludido, hombre de superiorísima formación intelectual a la de su atacante, como era apenas lógico, le replicó con dialéctica apabullante, que actitudes como esa eran las causantes de guerras interminables entre hijos de una misma nación, porque los usufructuarios del poder, llenos de soberbia y pagados de si mismos, obraban imbuidos de que tienen derecho a sojuzgar — entiéndase, atropellar — a sectores anónimos, en desventaja o indefensión. En la réplica se mencionó la canción “El Baile de los que sobran” del autor chileno Jorge González, ejecutada a ritmo de rock desde 1993 por la banda Los Prisioneros, y en estos días coreada como himno de los inconformes de ese país — no solo estudiantes, sino intelectuales, obreros cesantes o mal remunerados, amas de casa y muchos jóvenes — en prolongadas manifestaciones contra el gobierno de Sebastián Piñeira. La canción aborda el tema de los estudiantes de ese país en su tránsito esperanzado por las aulas, que al egresar de ellas padecen el desempleo.
Dice así la letra de esa canción: “Mis amigos se quedaron, igual que tú/ Este año se les acabaron los juegos, los doce juegos/ Únanse al baile de los que sobran/ Nadie nos va a echar de más/ Nadie nos quiso ayudar de verdad/ Nos dijeron cuando chicos jueguen a estudiar/ Los hombres son hermanos y juntos deben trabajar/ Oías los consejos/ Los ojos en el profesor/ Había tanto sol Sobre las cabezas/ Y no fue tan verdad, porque esos juegos al final terminaron para otros con laureles y futuro/ Y dejaron a mis amigos pateando piedras”.
Muchísimo parecido encontramos en “El baile de los que sobran” y lo que sucedió y sucede en la nación austral con la actitud del exclusionista y soberbio legislador gobiernista, y la tozudez consciente del jefe del Estado frente a la protesta iniciada el 21 de noviembre, que pretende debilitar con el halago superlativo a sus validos, y empoderando, no ayudando, a quienes circunstancialmente se han visto afectados por el desarrollo del reclamo, su prolongación y las trágicas ocurrencias que se han visto, como la muerte de un estudiante de 18 años de edad, las heridas a civiles y policías que aun padeciendo por los motivos por los cuales tiene su origen la protesta, en cumplimiento de su deber y acatando órdenes superiores a veces desenfocadas o equivocadas, han tenido y tendrán que enfrentar sin remedio a aquellos, en vitando, triste y doloroso choque entre hermanos.
La respuesta del gobierno ha sido la de evadir el indelegable e incompartible deber de oir a quien reclama, y no pretender hacerlo sumando a la mesa a quienes siempre han sido sus contertulios, quienes ni siquiera necesitan hablar con él para ser complacidos en sus aspiraciones, sean o no verdaderamente justificadas. El presidente subestima la protesta aduciendo que a él lo eligieron diez millones de colombianos y no los 200 mil en que el general director de la Policía Nacional, con clara intención de minimizarla, calculó la participación en las marchas en su primer día, cuando en Bogotá, otras ciudades del país y en el extranjero pasaban del millar, como lo registró la televisión. Los colombianos no incluidos en el “cálculo” del general y quienes no votaron por el presidente, pues, parece que sobraran.
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