Desnudez

165

00“Desnudez: Las jóvenes desnudas/ desfilan con la muerte/ que sonríe triste. / La desnudez es principio y final de la vida. Y es el mejor homenaje/ al dolor/ y la tristeza. / Me desnudo ante la violencia/ de los poderosos/ y ante los prejuicios / del hombre común.”

Confieso que el cuerpo desnudo, el femenino, me atrae y fascina como cuando veo luna llena. Porque creo que ha sido creado con arte. Y después de siglos de represión sexual – no es una excusa – la mente se acostumbra a lo prohibido y la fascinación por la desnudez del cuerpo es una explosión corporal inigualable para mí, y es la belleza injustamente oculta y guardada por el invento del traje y la moralidad pacata de la religión y las buenas costumbres, la que perturba la visión y no la ética, por supuesto. Es lo que sentí cuando observé el performance de un grupo de mujeres desnudas en uno de los días de paros en la capital del país, protestando contra la muerte propiciada por un Estado oficial. Imaginé la sorpresa de algunos y el asombro-fascinación de otros, y la mueca de espanto, porque no, de otros más. La desnudez pública en seres mentalmente sanos, nos saca de la normalidad y nos lleva a otros territorios non sanctos e incluso al mundo de la censura y los preconceptos. Porque la desnudez siempre ha sido un lío para la conciencia moral, no importa que se trate de arte o de imágenes teatrales.
También nos puede llevar al marco del texto: “La república erótica” de Carolina Sanín, que tiene un tiempo histórico lineal, y repetidamente conservador, y “filial”. Y lo interesante es su postura inspirada en viajar horizontalmente en las marchas del paro y los cacerolazos en Bogotá. Porque fue, según la escritora colombiana, “… el tiempo del contagio. De la promiscuidad. Del eros.” No sobra advertir que su percepción no es literal.  En otro artículo de la misma Revista Arcadia, y titulado por Sanín “Las vergüenzas,” ella confiesa que en el vestier de las piscinas públicas asume comportamientos provocadores. “Mentiría si dijera que por ingenuidad me niego a entrar en el cubículo; lo hago con deliberada desvergüenza, como una afirmación contra la pudibundez de las mujeres de mi ciudad; contra su negación de sí mismas; contra esa “pena” (término que también significa trabajo, castigo, dolor y tristeza, y del que nosotros elocuentemente privilegiamos la acepción de timidez y de vergüenza) que las mujeres bogotanas sienten de su cuerpo, que entraña una permanente desconfianza y conlleva una suspicacia insultante hacia la que se muestra más suelta con su piel.”
La desnudez le quita el misterio al traje y le regresa al cuerpo la inocencia extraviada en la moda. La ropa puede ser el factor creador de las patologías relacionadas con el sexo o puede ser la causa de los feminicidios y los crímenes sexuales.
La mueca de repugnancia que observé – más en mujeres que en hombres – en las personas con las que compartí cara a cara las imágenes del video, es el reflejo de los estereotipos creados por la cultura religiosa de la sociedad, que termina siendo también una expresión exagerada e irracional de los roles prejuiciosos impuestos por los patrones morales. El cuerpo solo representa la inocencia y la ignorancia de sí mismo, dos hermosas posturas que lo salvan de la censura.
El trabajo artístico con los cuerpos del fotógrafo estadounidense Spencer Tunick, ha sido duramente criticado a pesar que no ha sido individual sino masivo. Sus críticos lo acusan de haber invadido a través de lo público, lo íntimo, lo privado, lo prohibido. De haber subvertido todos estos valores y principios del mundo. ¿Empelotarse en grupo, pregunto, puede ser más fácil que hacerlo de manera individual? Nadie lo sabe, pero hacerlo es una liberación hecha contra el traje, la religión, el Estado y las convenciones sociales. Es como “el destello de la chispa del estallido– de un feliz aquelarre.” El de Carolina Sanín.

Comentarios