En medio de extraterrestres

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El surgimiento de la protesta más grande que se recuerde en Colombia, comenzada el pasado 21 de noviembre, es la suma de hechos que causan sufrimiento a la población menos favorecida por la fortuna, y a la clase media, cuyos ingresos no les permite la subsistencia con un mínimo de dignidad, a una, y a la otra, la posibilidad de alcanzarla en condiciones de normalidad, para traspasar la barrera de su medida, y a ambas, por igual, una supervivencia acorde con sus merecimientos. El ruido de las marchas y de los paros deja una huella de afectación económica, que es el socorrido argumento con que se los descalifica, al igual que los desafueros inducidos con el mismo fin, o provocados por anarquistas que se mimetizan en la masa para disociar, pasando por alto lo cuantioso y superior del perjuicio acumulado e insoluto que concita el alzamiento del tono de la voz popular. Desde el momento del anuncio de la protesta comenzó a ser desprestigiada por los amigos del statu quo, del gobierno y su partido político, y de los gremios acostumbrados a coadministrar sin responsabilidad por lo administrado, cuando sólo busca interlocución y salida compartida, no unilateral ni incompleta para sus reclamos, como venía siendo costumbre, pues está cansada y quiere participar como solución y no como problema, para que las fórmulas aplicables se atemperen a la realidad y se eviten los plazos que usualmente se incumplen, o que se vuelven indefinidos, con el empeoramiento de las cosas, y, además, por la forma misma como se la encara.
Uno de los reclamos de mayor trascendencia, de los trece que el Comité Promotor del Paro Nacional le ha presentado al presidente de la República, es el de la reforma tributaria de 2018 llamada engañosamente ley de financiamiento, cuyo fin principal fue el de rebajarle los impuestos al gran capital, y que al ser declarada inexequible con plazo deferido, ahora se vuelve a presentar a toda carrera y en actitud que desafía la protesta social, previa concertación con sectores del Congreso afectados de invidencia, que ya la aprobaron en primer debate con el voto favorable de los partidos políticos Centro Democrático, Conservador y Cambio Radical. Lo que siempre se dice es que la rebaja de impuestos al gran capital, y sobre todo a los bancos y las corporaciones de crédito, busca estimular la creación de empleo, cuando esto, aparte de que no ocurre, lo que hace es aumentar la desigualdad y el deterioro de la forma de vida del común y aumentar la informalidad, que en su conjunto genera inseguridad y caos. El sólo sector financiero, en cifras hasta agosto del presente año, obtuvo ganancias por 65,2 billones de pesos, que en el mes de julio precedente fue de 6,4 billones, de acuerdo con información suministrada por la Superintendencia Financiera.
Todo eso ocurre en medio de la convulsa situación, que para engañar a los ingenuos que aun quedan, y con ceguera estratégica o real, se achaca a influencias externas. Al Foro de Sao Paulo, a Venezuela y a Gustavo Petro, lo que ya pocos o nadie cree, pues es de bulto la torpeza del juego de eludir la propia culpa atribuyéndosela a otro. Lo que se complementa con el anuncio sinuoso de que a quienes devengan el salario mínimo le devolverán el IVA y a los pensionados del mismo nivel le disminuirán gradualmente los aportes a la salud. Algo así como un paño de agua tibia para aliviar un cáncer con metástasis. Como si el jefe del órgano ejecutivo y algunos miembros del legislativo estuvieran en otro planeta, utilizan el paso del tiempo como aliado en la actividad de desgaste, ignorando la grita del perjuicio general, que es la de los reclamantes. Algo muy grave va a pasar en la nación por la indolencia de los sectores políticos comprometidos. El primer campanazo lo dieron las pasadas elecciones, y como no hay plazo que no se venza, vendrán otros con sonoridad ensordecedora, sobre lo cual nadie puede llamarse a engaño. No cabe la menor duda.

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