Recordando al amigo y literato Vicente Mancini Alzamora

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Me proponía escribir sobre el génesis del título de la novela de Gabo, Cien años de soledad, cuando ineludiblemente se me vino a la mente la imagen, que en paz descanse, de Vicente Mancini, estando vivo no dudaría en llamarlo para hablar sobre el tema. Es menester recordar a Vicente Mancini, quien tuve el privilegio de conocerlo y tratarlo mientras laboraba en la dinámica y progresiva empresa Generoso Mancini & Cia Ltda., productora de pastas alimenticias y harina de trigo, importado del Canadá, hoy dedicada gracias a su ventaja comparativa al procesamiento de harina de trigo, La Insuperable. Corrían los años 60 y la Organización se abría paso por sus excelentes productos, dirigida por la dinámica actitud de Don Adalgiso Mancini, patriarca de la gran familia, líder y orientador de la empresa, a quien consideré y respeté por más de veinte años que laboré en la oficina, como mi padre, y sus hijos Jhovani y Vicente, otrora tiempos aquellos donde la colonia italiana impulsaba el desarrollo de nuestra querida Barranquilla, hoy la gran empresa que aún colabora con la economía de la región, es manejada eficazmente por Bernardo Mancini Alzamora, a quien la Gobernación, la Alcaldía, el Senado y la Cámara de Representante le entregaron merecidas condecoraciones por su gran labor empresarial, grandes huellas y un gran legado ha dejado esta familia a la futura generación barranquillera. En aquella década de los sesenta, dentro y fuera del clima laboral, fui haciendo amistad con los Mancini, recordando a Vicente como una persona de una arrolladora cultura literaria, un lector empedernido. A la luz de varios tragos, hablábamos sobre literatura, cine e historia, así como de nuestra ciudad la Arenosa que ya florecía industrial y comercialmente. En nuestras tertulias se caracterizaba por sus atinados comentarios en materia de libros, argumentos de dialéctica, algunas biografías de grandes escritores y premios nobeles, hoy lo recuerdo como si fuera ayer, diciéndome: “Acostúmbrate siempre a leer un buen libro”, sus consejos de antaño me ayudaron a inclinarme en escribir para los periódicos, especialmente para el Diario La Libertad, con su pausada voz detallaba como tejiendo el aire con su buen verbo, algunos párrafos de ‘La casa Grande’ de Álvaro Cepeda Samudio, novela que narra la masacre de las bananera ocurrida en 1928, o la interpretación de la lucha titánica de Santiago, El Viejo, contra la naturaleza, el mar, donde Vicente explanaba la moraleja de la faena que libra este pescador contra los tiburones, que quieren arrebatarle su pesca, y su única herramienta de defensa era sus recuerdos, de una manera clara transparente, Vicente explicaba desde su perspectiva, con mucha lógica, la enseñanza que nos deja la lectura de la obra cumbre de Ernest Hemingway ‘El Viejo y el Mar’ o algunos párrafos de ‘Luz de agosto’ del estadounidense William Faulkner, esta obra fue traducida al español por Vicente, enorgulleciendo a su padre Don Adalgiso Mancini, que en paz descanse, otras de las obras que leía y explicaba con entusiasmo fueron la de García Márquez.

Para Vicente el leer era un placer, una rutina arraigada dentro de su ser, vivía en solitario, sin embargo comentaba que cuando leía se sentía con muchas personas alrededor, en cada lectura descubría un mundo diferente que después me compartía. Gracias a Vicente, conocí al ‘Grupo Barranquilla’ tertulitas intelectuales de la época, que lo conformaban: Gabriel García Márquez. Álvaro Cepeda Samudio, Alfonso Fuenmayor, Alejandro Obregón, Orlando Rivera ‘Figurita’, Germán Vargas, Julio Mario Santo Domingo, entre otros, nadie imaginó que uno de ellos Gabo, ganaría nada menos que el premio Nobel de literatura, años después. En la década de los sesenta el grupo se reunía en La Cueva, donde el ambiente aparte de bohemio se convertía en mamagallista, distintivo del grupo, su entorno enmudecía con el ruido de voces con técnicas dialécticas, proveniente de la mesa del famoso clan, la apasionante y agitada actividad del grupo, atraía la presencia de intelectuales, empresarios, artistas, políticos y con ellos también se asoció el maestro Rafael Escalona, y por supuesto Vicente Mancini, quien me invitó al lugar a departir con tan selecto y simpáticos personajes y de un buen sifón, como me decía. Acostumbrábamos reunirnos en La Cueva, recuerdo la vez en que a mi sifón le cayó ceniza proveniente del habanero que acostumbraba fumar Cepeda Samudio, ceniza esparcida por el ventilador de techo ubicado encima de nuestra mesa, Álvaro se disculpó y pidió una ronda de cerveza por su “embarrada”, como él mismo dijo. El grupo se trasladó posteriormente en 1969 a ‘La Tiendecita’, de la cual realicé un publirreportaje en el diario La Libertad, Cepeda director del periódico El Nacional y editor hasta su muerte del Diario del Caribe, fallece en 1972, célebre de acuerdo a Vicente, por haberle hecho cambios a la narrativa en Colombia, algunos críticos literarios concluían que si Álvaro Cepeda hubiese vivido más años, tendríamos hoy dos premios nobeles, cuando Gabito recibió el nobel, Vicente le envió una carta, hoy la recuerdo, bien redactada con tan buena pluma, donde le expresaba felicitaciones por tan magno acontecimiento, Obregón considerado el mejor pintor de Colombia en el siglo XX, Julio Mario Santo Domingo residente en New York y Paris gran industrial y generador de empleo, un puñado de los asistentes de las célebres reuniones todavía sobrevive en Colombia y el mundo, Vicente, era uno de ellos hasta su fallecimiento, perdiéndose con él un gran acervo cultural. Que la paz more en tu tumba eternamente amigo mío.

#DIARIOLALIBERTAD

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