El 21 de noviembre al amanecer el silencio de los ruidos comunes de la urbe anunció muchas cosas. Calles vacías y un parque automotor escaso fueron marcando el ambiente para calcular cuál sería la dinámica del paro. Hasta la naturaleza se presagiaba solidaria con la asistencia multitudinaria de los participantes, quienes tejidos de diversidad en el vestir multicolor, en los grupos artísticos, en los canticos, en las consignas que hablaban por sí solas, en las agrupaciones con sabor carnaval pero teñido de inconformidad política configuraron una  respuesta social inmensa; donde jóvenes, adultos y tercera edad hicieron presencia convencidos que marchar era la atinada expresión de protesta ante un gobierno que se niega a escuchar y se mantiene en su juego narrativo distractor ante un pueblo que viene acumulando inconformidades y empieza a proclamar exigencias de justicia social.
Desde sus inicios lo que queda dibujado es un gobierno metido en sus propios errores, negándose a replantear las líneas generales de un modelo económico que, de César Gaviria a esta parte, no puede ya ocultar sus indeseables fines; quienes en campaña mordieron el anzuelo con la promesa de un programa distinto aterrorizado en la evidencia que todo se trataba de la profundización de un recetario neoliberal al que se le ha venido dando vueltas de tuerca en una línea de tiempo ininterrumpida.
Hace algo más de un mes, la suma de convocatorias al paro nacional no marcaba preocupación en el partido de gobierno ni en el primer mandatario. Casi que se veían recogidos en aquella respuesta de Santos cuando se le preguntó por las movilizaciones campesinas: ¿Cuál paro?  Las convocatorias al igual que el ambiente propicio de participación fueron creciendo hasta un nivel que provocó la reacción de peligrosa estigmatización que el país ya le conoce al Uribismo.
En ese contexto el presidente hizo sus intervenciones antes y después del paro 21N; caían sobre sus espaldas los errores de una línea de tiempo reciente: el bombardeo a los niños en el cauca, los falsos positivos de información ante la ONU y la poca creíble negación de unas reformas, que daban sus primeros pasos en el Congreso de la república y se aparecían anunciadas por sectores empresariales e informativos que siempre han obrado como aliados en la preparación del desastre. Nada podía frenar las crecientes manifestaciones de respaldo, cuyo ámbito de participación desbordaba a las centrales obreras y se extendía presurosa en diversos sectores sociales organizados y en ciudadanos del común; sólido fue el empuje que anunciaba la multitudinaria participación que de nada sirvieron las viejas estratagemas de estigmatización y de manipulación por miedo amplificadas por sus cajas de resonancia, que incluso anunciaban acciones terroristas, con el fin de disuadir a una población decidida a hacer sentir su expresión de inconformidad por el desgobierno.
Tanto la primera como la segunda alocución del presidente de la republica Iván Duque tuvieron como signo distintivo esa suerte de dialéctica chueca que de sobra se le conoce al Uribismo: por un lado, lisonjas al reconocimiento del derecho a la protesta social, pero por el otro atribuyéndole trasfondos desestabilización a cargo de opositores políticos de todos los pelambres. En suma, una legitimación anticipada de la represión de la fuerza pública que negaba la naturaleza democrática anunciada al inicio del discurso. Ni en la primera ni en la segunda intervención el gobierno menciona o da respuesta al más de millón y medio de personas sobre los motivos del paro.  Por enésima vez la perorata de la seguridad se convirtió en la hoja de parra. Duque sigue atrapado en las astucias de su mentor y no cae en cuenta que esa agitación propagandística ya no alcanza para ocultar los problemas estructurales que dieron lugar al paro. Nada de lo anunciado, inventado o inoculado por el gobierno dio resultado. La marcha fue multitudinaria, amplia en términos geográficos, unificada en sus motivos, ordenada e histórica.
La dinámica de las posibles mesas de concertación si es que se conforman su composición y manejo debe ir mas allá de las reformas presentada por el gobierno y tiene que recoger los problemas y las necesidades insatisfechas de los colombianos, lo que implica un plan de desarrollo y reformas estructurales que garanticen bienestar y no asfixia social. Es válido preguntarnos el grado de responsabilidad cómplice de las mayorías del Congreso sobre estas medidas o reformas que históricamente se han venido desarrollando en forma gradual y su acumulado hace parte de la penuria que padecen millones de colombianos. Que le paso al Uribismo y su fundamentalismo representados por sectores cristianos y otras sectas que endiosan a su jefe natural con “mano firme, corazón grande” y que su crisis se evidencio en las pasadas elecciones y en la indiferencia de la política del gobierno de turno. Colombia no es un país de partido es un país de coaliciones que despertó con el apoteósico Paro Nacional. Repensemos a Barranquilla y a Colombia.
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