La sorpresiva elección del abogado William Dau Chamat como alcalde de Cartagena, abre un capítulo de expectativa tras la inestabilidad e interinidad de sus once antecesores en los últimos ocho años, incluido su colega Pedrito Pereira Caballero, de quien recibirá el bastón de mando el primero de enero de 2020, y quien ha permanecido en el cargo desempeñándolo con notable actividad, a pesar del veto del partido conservador, que no lo incluyó en la terna enviada al presidente de la República, para que nombrara el remplazo de Quinto Guerra Varela, a quien el Tribunal Administrativo de Bolívar y el Consejo de Estado le anularon su elección. Dos hechos adquieren particular relevancia en la crisis administrativa en que ha venido la ciudad en casi una década. Uno es el de que el jefe del Estado mantiene en esa posición a Pereira Caballero, desoyendo al conservatismo, y otro, que fue el desenlace de la jornada comicial del 27 de octubre pasado, en la que resultaron derrotados todos los partidos políticos, lo que deja al nuevo gobernante en libertad total y absoluta de rodearse de colaboradores de plena confianza, que no actúen bajo subordinación distinta a la que emana de su programa, en consonancia con el eje anticorrupción de su campaña.
Es notorio, y el mismo elegido lo reconoce, que con frecuencia su vocabulario es vulgar, pero este defecto que él sabrá corregir, si lo quiere, para situarse al nivel de las responsabilidades que adquiere, no puede anticiparse que lo transmitirá a su gobierno, pues al frente de los destinos de una ciudad que es punto de referencia cultural e histórica, le va a tocar morigerar sus modales. Lo dicho puede parecer insubstancial, o a lo mejor lo es para la mayoría de quienes lo ungieron con el voto, y quizá para otros que no lo respaldaron, porque es incuestionable que lo que interesa primordialmente es que enfrente con decisión, prontitud y eficiencia los retos de una ciudad con múltiples y complejos problemas. En el grupo de los segundos se halla el autor de estas líneas, a quien no lo sonroja ni le causa molestia escuchar de la máxima autoridad Distrital alusiones al malandrinaje y hasta uno que otro madrazo, siempre que no se afecten la tranquilidad pública ni el interés material y ético de la comunidad.
Por encima de lo expuesto y con la intención que tiene la mayoría de los cartageneros, creemos que al señor Dau hay que darle un compás de espera, y hasta donde él lo permita, ayudarle en el mejor sentido. Si a él le va bien, igual debe irle a la ciudad. La ayuda de que hablamos, hay que resaltarlo, no tiene viso de adhesión personal. Al prestársela, quien la preste, se la presta a Cartagena. Y esa ayuda puede ser crítica. Crítica constructiva orientada al acierto, porque la va a necesitar, y mucho, para consolidar éste. Al alcalde le va a pasar, o a lo mejor ya le está pasando, como le pasa a esos deportistas anónimos que cuando triunfan le surgen amigos de todos lados, como hormigas atraídas por la miel derramada sobre el piso. En este sentido, y para el caso es válido expresarlo, el agua de colonia es agradable y atrae por su olor, pero si se ingiere enferma, intoxica y mata. Con frecuencia, la visión desde la altura del poder hace perder la perspectiva de lo circundante. Al respecto, se ha dicho que “los árboles no dejan ver el bosque”, y deseamos que eso no le suceda al funcionario, quien se muestra como hombre sencillo y de buen entendimiento. A él le tocará auto domar su verbo y fungir de domador en la jaula de la administración repleta de leones, que ojalá no ejerzan como tales, entre estos los 19 concejales que también fueron elegidos junto con él el 27 de octubre, sin que entre ellos hubiese habido alianza ni entendimierntos, pues es cierto que en esa especie hay félidos del género pantera con dos patas, entre los cuales puede haber algunos que se identifiquen y mimeticen como simpatizantes y amigos de última hora.
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