El vandalismo, hijo bastardo del neoliberalismo; ya los vimos, falta oírlos

Alfonso Camerano Fuentes.

“… serán tal vez los potros de bárbaros Atila… o los Heraldos Negros que nos manda la muerte…”

(Los Heraldos Negros, Cesar Vallejo)

Las imágenes enseñan rápido y nos sacan de nuestra propia ignorancia a propósito del protagonismo a cargo de los “vándalos”, un visible actor social, atrevido, incontenible, sin ley ni orden, presente en Chile, en Ecuador, en Brasil, en Bolivia, en Colombia y donde se levanta la protesta popular.

La organización de la marcha tuvo inserta siempre una franja juvenil, no estrictamente estudiantil, ni inserta a formalidad laboral alguna, que coreaba, brincaba y observaba hacia las aceras, solo contenida por la fuerza de la muchedumbre diversa de a pie que levantaba su voz de indignación por el intento de arrebatarles derechos conquistados en largas e históricas jornadas de lucha.

Pero el escenario no era uno solo, tampoco el horario dispuesto por los organizadores para la protesta formal, con su recorrido preestablecido, y consignas acordadas, invitando al diálogo al gobierno nacional, para hacerse escuchar, y detener el “paquetazo legislativo”, la “flexibilización laboral”, la privatización de Colpensiones, de Ecopetrol, de ISA, la informalidad del rebusque, el azote de la corrupción, etc.

Tambien hay otro elemento insoslayable, “los vándalos”…

Son jóvenes que no tienen bitácora, perdieron el norte del común, cero futuro; saben que no pueden seguir estudiando, y les va, que no tienen salida distinta a la de irrumpir con ímpetu en la calle, al día a día; son los hijos desechables del neoliberalismo; tienen su propio lenguaje, su corte de cabello, su pinta rapera, y no ven la vida como el resto de gente, saben que no hay mañana, qué más da.

Es propicia a “los vándalos” la jornada de protesta general para hacer las cosas a su manera, romper vitrinas y saquear almacenes; tomar por asalto viviendas de estratos medios y altos, sus vecinos en las nuevas urbes, ensanchadas a calles de número 100 o 120 o 150, donde primero vivían en potreros sus abuelos marginales, hijos de nadie, dispuestos a hacerse matar con la policía o con los vigilantes privados, o con quien fuere, muchos de ellos, primos hermanos o vecinos y hasta sus socios, de “la autoridad”, entre sí.

Son los nuevos habitantes de las ciudades: “los vándalos”..!!!

No son de izquierda, tampoco de derecha, son exactamente lo contrario, sin ideología definida en los esquemas estructurales planteados por la teoría sociológica o de la economía política, que los llama muy feo, con la palabra “desechable”, antes lumpenproletariado, una especie ausente del contrato social.

Más por lo visto que por lo oído, constituyen una masa joven, deambulando por la ciudad, con preferencia a los sectores suburbanos que conoce como la palma de su mano; elevándose a la condición de gente solo si son atrevidos, en gavilla, para romper su anónimato.

Salen de la nada; de un hueco, de una esquina, del trasmilenio, del barrio, de la esquina, de los cuarteles de la policía que los usa y distribuye en tanquetas; de una caleta de bazuco, ahí están, y no los vemos porque no cuentan en la formalidad social, pero se crecieron y tienen la fuerza suficiente para actuar y paralizar las grandes ciudades..

Vulnerables, sí, lo son, pero les importa un comino, cae uno y lo reemplazan 3 o 5, saben que ya lo perdieron todo, que no tienen esperanzas ni futuro, solo presente, aquí y ahora, y esa es su fortaleza, vienen con todo, a destruir a quien los cosificó.

Son “los vándalos”, los hijos bastardos del neoliberalismo.

Alfredo Molano los tenía ubicados; y los hizo el centro de sus obras, advirtiéndonos que también hacen parte del diálogo nacional, una realidad, para sentar a la mesa, antes de estigmatizarlos como desechables o carne de cañón.

Invoquemos a la madre de Calcuta, antes del nuevo genocidio que ya asoma las orejas de lobo.

Conozcamos su voz, hablan en jerga cachaca, paisa, valluna, santandereana, llanera, pastosa, indígena, costeña del Caribe o del Pacífico, son hermanos colombianos, ignorados por el mismo sistema inhumano que nos castiga a todos..

El asunto no es judicial, la Rama no es depuradora de la alcantarilla social desbordada en las calles.

Construyamos el edificio social incluyente, sin matarnos, estamos a tiempo.

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