¿Fin del celibato?

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Últimamente a raíz de lo que se ha dicho sobre la posibilidad de ordenar como sacerdotes católicos a hombres casados que tengan cierto reconocimiento, trayectoria y respeto en comunidades alejadas de la Amazonía, muchos son los que desde diferentes orillas han aprovechado la coyuntura para cuestionar a la Iglesia por la práctica del celibato.
La mayoría de las veces, desde afuera, cuestionan la disciplina del celibato como algo anti natural que contradice la innegable complementariedad humana, critican el celibato tildándolo de norma anacrónica cuyo objetivo principal es el mezquino deseo eclesial de preservar los bienes terrenales, cuestionan la castidad obligada y la presentan como una castración obligatoria que incuba secretas y peligrosas pasiones que después pueden convertirse en delitos contra personas vulnerables de la sociedad. Los que critican el celibato dicen además que hoy por hoy, esa práctica muchas veces se convierte en un saludo inocuo a la bandera, una norma que nadie cumple, una teoría en la que nadie cree, una ley que como puerta con tranca se atraviesa en el camino de crecimiento vocacional de una Iglesia Católica que ve con cierto grado de impotencia como las otras experiencias de iglesias y comunidades que no imponen el celibato obligatorio a sus líderes están creciendo cada vez más mientras que ella, reina y soberana en otro tiempo, ve como cada día sus templos están más vacíos, sus seminarios más fríos y sus finanzas, testimonio y credibilidad cada vez más debilitados.
Frente a esto pienso que aunque es posible que algunas de las cosas que se afirman son ciertas es indudable que tengamos que decir, después de un análisis reposado, que ellas no son toda la verdad. En este mundo de posverdad pululan muchas informaciones falsas, incompletas, confusas y también mal intencionadas. Muchas veces estas informaciones han motivado, apurado y casi que obligado cambios y mudanzas… En la Iglesia no; el cambio en la iglesia no viene producto de una presión externa y circunstancial que se le quiere imponer. En la Iglesia los cambios son producto del discernimiento comunitario reposado que se hace bajo la guía del Espíritu del Señor Jesús que es en definitiva quien guía, orienta y conduce a su Iglesia.
El celibato es todavía hoy considerado como una riqueza en la Iglesia, como un don que Dios ofrece a aquellos que se consagran y se disponen para la misión, como una muestra de libertad y de coraje para seguir los pasos del Maestro de Galilea, como una forma de entregarse a todos sin exclusividades y sin reservas, como un camino de santidad…
No está comprobado que exista relación entre la falta de vocaciones en la Iglesia y la vivencia de la castidad, no es verdad que las otras iglesias que no exigen el celibato a sus líderes sean la panacea en disciplina, número y testimonio. En la iglesia hay pecado no porque a algunos de sus miembros se les pida el celibato, hay pecado porque sus miembros son seres humanos de carne y hueso que se equivocan, que pecan y que luchan. Que nadie se engañe pensando que quitando el celibato se van a acabar todos los problemas en la Iglesia. Algunos, no sin cierta dosis de razón piensan que por el contrario, sin el celibato, se abriría una puerta para que entren otros problemas en la Iglesia.
Sin cerrarnos a la dinámica de la historia, sin renunciar a lo que hemos asumido como valores y riquezas importantes para nuestra tradición, pienso que debemos discernir con cuidado lo que nos va revelando el Espíritu en estos tiempos turbulentos que vive la Iglesia. No podemos olvidar que muchas veces detrás de propuestas aceleradas y confusas está el eterno y envidioso enemigo de los hombres que quieren vivir según Dios. Si bien es cierto que la misión debe adaptarse a las realidades y a los tiempos, también es verdad que continuamos confiando plenamente en Aquél que aún dos mil años después continúa diciéndonos que no tengamos miedo, porque el mundo ya fue vencido.

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