Los hombres del común

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Son una plaga y parecen seres muy inofensivos. Me ha tocado esquivarlos, huirles como el que le huye a un dolor de muela a las doce de la noche. Me ha tocado escucharles su voz segura, sólida, como una roca de granito, pero enferma. Consensuemos: su patología es la normalidad, sentirse parte del rebaño, parte de la nube común, de las semejanzas religiosas, o de cualquier otra religión, de lo igualitario o de la comodidad en medio de la podredumbre y la caída estrepitosa de la esperanza. Se mueven seguros en la agonía del abismo y no arriesgan un pelo del cabello. Son los defensores del estatus quo. Hay que observarles sus modus vivendi para comprender porque alquilan sus poquitos sueños: un viaje a la luna y otro viaje al África en bicicleta. Son diluvianos y anti utópicos, un comportamiento de la mayoría de los consumidores de Coca-Cola. Jóvenes sí, pero de la piel hacia afuera: parte externa del cerebro. Son defensores inconscientes de la distopía, de lo rancio, no creen ni conciben que el hombre haya puesto los pies en la luna, y son creyentes bárbaros de Dios, consumidores de lo ordinario y la pasividad. Están entre profesores, amas de casa, obreros, profesionales, jugadores y amantes del fútbol, jubilados, bailadores de salsa, hijos universitarios, vecinos, vendedores de yuca y limón, también en los amantes de las telenovelas y el fútbol y los apasionados por las marcas de ropa y automóviles caros, en los cocineros y en los chefs de hoteles finos. La enajenación es una característica impuesta por el entorno consumista y, sin embargo, es reforzada por la oscuridad de la mala educación ciudadana y las peores compañías. He sufrido lo indecible viéndolos caminar como ganado electoral o practicando la indiferencia, o tolerando el maloliente olor del régimen. Sí, he sufrido observando como se les queman las alas de los sueños, porque tienen también ilusiones, viejos sueños. Mis amigos me dicen, no sufras, pero la indignación es más fuerte que la voz de ellos. Hay un poema – El conformista- de Luis Fernando Afanador, en “La tierra es nuestro reino,” que resume mi maltrecha y maltratada inteligencia: “De nada sirve explicarles / El mito de la caverna / La diferencia entre el mundo de la sombra / Y la luz / De nada sirve ofrecerles amistad / Humillarse / Te matarán igual / Bajo la lluvia / Entre un carro / Con tu mujer Llorando / Sin compasión.”

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