Con ‘nadadito de perro’ el presidente Duque va logrando el fin último del neoliberalismo

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Iván Duque, presidente de la República.

Por: Octavio Quintero

El intenso y extenso debate público sobre el Acuerdo de Paz firmado con las Farc hace tres años (24/11)2016), contrasta con el silente pacto firmado con los 45 gremios de la producción el pasado 05 de agosto. Por coincidencia, ambos parten del mismo lugar: el teatro Colón. La implementación expedita del segundo contrasta con el desgano que al gobierno actual le genera el primero.

Aunque la ganancia tangible del pacto por la paz haya arrancado con la desmovilización de miles de alzados en armas, junto con sus comandantes, eso no parece tener tanta importancia en la esfera oficial como el hipotético compromiso de los empresarios de generar en tres años alrededor de 850.000 empleos, aumentar las exportaciones en 3.576 millones de dólares y elevar la producción total en 13,4 billones de pesos, a cambio de 505 acciones (¿?), la mayoría en las primeras siete semanas (reza el pacto), para facilitar las metas. O sea, ya debieron haber entrado en vigencia.

Los colombianos (todos) referenciamos el acuerdo del Colón con las Farc con alguna de sus propuestas: reforma rural, participación política, fin del conflicto, lucha contra el narcotráfico, acuerdo sobre las víctimas y mecanismos sobre implementación. Al contrario: ¿qué sabemos sobre el acuerdo del Colón con los empresarios? ¡Nada!

Lo peor: el pacto con los gremios privados a puerta cerrada es virtualmente una contrarreforma de paz, pues, si el primero busca una reivindicación social de las grandes mayorías ante el Estado, el segundo busca acentuar los viejos privilegios de la clase dirigente empresarial.

 “En este sentido, el presidente Iván Duque está logrando hacer realidad sus pretensiones de cogobernar con los grandes empresarios, a quienes les está cediendo espacios de decisión que privilegian lo privado sobre lo público”, dice la presidenta de CAJAR (Colectivo de Abogados, José Alvear Restrepo), Soraya Gutiérrez Argüello.

Duque, “con nadadito de perro”, va logrando el fin último del neoliberalismo: el Estado corporativo, esbozado desde la integración misma del gabinete ministerial con altos dirigentes gremiales: Defensa, Interior, Agricultura, Medio Ambiente, Transporte y Vivienda, llegados de Fenalco, Asomóvil, Fenavi, Andi, Asograsas y Asobancaria que ‘gentilmente’ prestaron sus líderes para conducir sectores estratégicos de interés público que contrasta con el interés particular que orientan los negocios privados de donde salieron.

“Desde hace años hemos estado esperando una acción conjunta como ésta”, dijo en su momento el presidente de la ANDI, Bruce Mac Master, alabando la que a todas luces es una incestuosa coadministración entre los sectores público y privado. Con este pacto, el gobierno está concertando solo en favor de los poderosos a cambio de hipotéticos resultados, como la generación de empleo, que nunca se ha dado en proporción al desmantelamiento de la política social”, agrega la presidenta de CAJAR.

“El presidente Duque entregó el gobierno a los empresarios”. Esta declaración de la curtida exministra, parece prestada de cualquier ‘mamerto’… Pero no, su aseveración goza de todo el argumento propio de lo empírico. En referencia, nada más a la ley de financiamiento declarada inexequible por la CConstitucional, acota: “Lo primero que hay que decir es que el presidente Duque tiene que volverse serio. Esto que pasó es inaudito y cree que tiene el control porque de su lado está el Centro Democrático y el expresidente Uribe en el Congreso, y porque tiene de su lado a todo el empresariado tan envalentonado, como jamás se había visto”.

A buen entendedor…

Al presidente Duque le pasa una cosa muy rara, y es que cree que con frases altisonantes lanzadas en trinos de 280 caracteres o en vídeos de 2 minutos se hacen reformas de fondo como cuando dice en su cuenta de tuiter: “Cuando un país apuesta por el desarrollo empresarial, en armonía con el bienestar de los trabajadores, alcanza grandes propósitos”. Pero en el pacto con los empresarios no parece haberse contemplado ese propósito de “armonía”; si no, ¿cómo se explica la propuesta de ANIF de reducir el salario mínimo para estimular el “primer empleo” de los jóvenes?

Y, de remate, la ministra de Trabajo, Alicia Arango, ambientando el debate dice: “Con la reforma laboral se podría contratar de muchas maneras… Las nuevas normas solo se aplicarán para los desempleados e informales… Todos los derechos de los trabajadores activos serán respetados… Todas las propuestas se llevarán a la Mesa de Concertación Laboral”.

Lo mismo que antes

El sartal de lugares comunes del párrafo anterior parece sacado al calco de las anteriores reformas laborales con las cuales han destrozado el Estado Social en los últimos 30 años. Hoy, la flexibilización salarial pone a disposición de los empresarios un variado menú laboral que respeta los descaecidos derechos de los trabajadores actuales, solo porque los de ayer, que gozaban de mejores prestaciones sociales, ya son historia; y fueron propuestas que se llevaron a la Mesa Tripartita de Concertación Laboral en donde la única concertación que opera es el voto del gobierno en manguala con los empresarios en contra de los trabajadores.

Que la ministra actual siga echando el mismo cuento es porque seguimos comiendo cuento a cuenta de una insolidaridad en el campo laboral que refleja bien el poema de Martin Niemöller…

“… Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista… Cuando finalmente vinieron a buscarme a mí, no había nadie más que pudiera protestar”.

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