“Temedle a esas almas tranquilas que parece no reaccionaran. Hoy, mañana o pasado sabrán desperezarse y para ese día será el crujir de dientes”: Jorge Eliécer Gaitán.
La alcaldía de Calamar, (Bolívar), mi tierra natal, la disputan Alex Ochoa, Alejandro Mario Arrázola, Jorge Ortiz y Juan Guillermo Hernández, y declinaron Lester Romero y Piedad Castellar. Uno de los que no está untado de la vieja política tradicional ni de sus conocidos vicios es Juan Guillermo, joven médico del barrio abajo y de las entrañas del pueblo que ha recibido el mayor respaldo popular por todo lo anterior y porque, además, cuenta con el apoyo de la administración y ésta, cuyo alcalde también fue elegido por el despertar popular, se ha destacado por obras de trascendental importancia histórica que han tenido eco en la gente consciente de alto nivel cultural. Juan Guillermo, conocedor de mi preocupación por nuestro terruño, se dignó invitarme al cierre de su campaña y me incluyó entre los intervinientes y estuve un poco reacio, pero pensé en la situación de mi pueblo y acepté. Todo estuvo bien hasta que me encaramé en esa hermosa tarima que también hizo el alcalde de las obras y me di cuenta del disparate (como el que cometió Julio Oñate al presentarle a Consuelo a Escalona) que cometió Juan al meterme en ese apoteósico y monumental acontecimiento. Me había tomado tres cervezas y no podía evitar la conturbación. La calle de la virgencita, otrora escenario de las cumbiambas de los 7 de diciembre en que mucha gente quemaba billetes en vez de velas, tiene espacio para tres carriles y se extiende tres largas cuadras hasta el río Magdalena. “¡Aquí está todo el pueblo, santo cielo!”, me dije. “¿Quién se habrá quedado cuidando las casas, con tanta inseguridad?”. Hice una guía de mi intervención y ya la había memorizado, pero se me borró y salí con el papel en la mano y ni aun así, pese al estruendo de la inmensa amplificación, pude evitar trastabillar y perder el orden de los temas. No era nervio, era ofuscación, emoción de ver a un pueblo entero apoteósico y resuelto participando de lleno en la evolución política a través de un joven que piensa distinto y promete la continuidad de la administración. Dejé cosas sin decir, y tengo que decirlas para que vean porque tengo autoridad moral para hablar. Duele aceptar que en Suan, el pueblito más alejado de la capital del Atlántico, hayan hecho más obras en cuatro años que la clase política de Calamar en 171 años de historia. Casi igual sucede con Arroyohondo, desprendido hace poco de Calamar. Además de ser uno de gestores la Casa de la Cultura y la Secretaría de Cultura, un día cualquiera, tomando en la calle ancha del Sleep con unos amigos, propuse sembrar árboles en la mitad y de ahí nació la avenida que es hoy un hermoso parque remodelado por el alcalde. Fundamos y presidí el Festival Nacional del Baile “Cantao” que acabó la corrupción, entre otras. Y he aquí otras para Juan Guillermo: Aprovechar el espacio geográfico, el paisaje y el río para volver a Calamar turístico. Ya hablaremos de eso. Dotar de kioscos los costados de la carretera desde el puente hasta la bomba de la salida para vender toda clase de productos artesanales, comidas, en fin, todo lo que se vende en carreteras, tomando como ejemplo a San Juan Nepomuceno que empezó con uno y hoy día son cantidades. Crear las Casas Comunales de Cultura que creó el padre Hoyos, quien compró todos los instrumentos artísticos necesarios, nombró instructores (entre ellos, yo en literatura) y convirtió pandillas en grupos de danza, de teatro, literarios y otros. Esto, sobre todo, para los jóvenes con problemas. Creación del museo en la vieja estación. Dignificar la vida en los corregimientos. Lo de la continuidad del alcantarillado y el hospital de segundo nivel ya lo hablamos, amigo Juan Guillermo. El pueblo confía en que tú serás el otro peldaño para la continuidad de esta nueva etapa histórica. Suerte en tu gestión, y ahí estaremos para aportar lo que se pueda, especialmente por la paz.

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