Los candidatos y los libros

444

Ignacio Remonet, quien fuera director de Le Monde, en París, sostenía que para estar informado había que invertir mucho dinero, tiempo y disciplina en la lectura. Era o es la única manera, quizá, de convertirse uno en un buen ciudadano. Lo contrario es una negligencia espiritual cancerígena e insuperable. Porque se adelanta la muerte del pensamiento crítico. Recuerdo mi adolescencia y la oscuridad que permeaba mi cerebro como una mancha de petróleo en las aguas de un río vivo. Los que sabían hablaban de una inteligencia supina, imagino así la mía por aquella época de la “edad media” de mi vida, derrochador de tiempo, inútil, aburrido y aburridor, ignorante del mundo, parroquiano en el más amplio sentido del término, abúlico, hundido en sí mismo y sin la pista de importarme las guerras, los crímenes de época y los que gobernaban el país, si Rojas Pinilla o el viejo Pastrana. Vivía con una pata de palo en la escuela y una pierna verdadera en el barrio. Como un insecto. Era el juego pendejo de la vida, correr para seguir prisionero de una realidad que nos explotaba en la cara sin comprenderla. La mayor desgracia en la vida de un ciudadano es no comprender nada, no saber porque unos ganan y otros pierden. Y la lectura misteriosamente nos salva porque nos zambulle en las preguntas y las respuestas de la vida. Y es que leer es tan delicioso, como saborear un helado de chocolate, que después de probarlo por primera vez queremos repetirlo de nuevo. Y he aquí el problema: los colombianos leen muy poco, dos libros al año. Los hombres del común y quien lo creyera, también varios de los candidatos a las corporaciones públicas, quienes han terminado confesando que solo leen la biblia antes de acostarse. Sí, la biblia. Pero no la leen como lo hacía literariamente Borges, sino como doctrina para adoctrinar a los niños. Un crimen familiar o un crimen de la escuela. Esa podría ser una razón que explica la despreocupación de los candidatos de las capitales por los derechos humanos de los niños, por sus precarias realidades, por los fenómenos que los han convertido en víctimas como editorializó en estos días El Tiempo. La lectura es una pasión que nos permite viajar por ciudades imaginarias, construidas por los poetas y los escritores para aliviar el vivir o simplemente por sus deseos de proyectar nuevos mundos, mejores que las insolventes ciudades donde nosotros vivimos. Esa pasión lectora es al fin y al cabo un puente para alcanzar el conocimiento del ser humano, y no es solo esto. Es además la construcción de una postura sensible, humanizante y civilizadora del vivir humano, sobre todo, una postura para mejorar el bienestar de los niños. Uno no comprende – o no quiere entender– porque los votos son más importantes que las gentes, que los niños… Este es otro crimen de Estado. Comparto una lectura de Paul Auster para entender el acto creativo de los artistas inconformes: “Alguien se convierte en artista, particularmente en escritor, porque no está del todo integrado. Algo está mal en nosotros, sufrimos por algo, es como si el mundo no fuera suficiente, entonces sentís que tenés que crear cosas e incorporarlas al mundo. Una persona saludable estaría contenta con tomar la vida como viene y disfrutar la belleza de estar vivo. No se tiene que preocupar por crear nada. Otros como yo, estamos atormentados, tenemos una enfermedad, y la única manera de soportarla es haciendo arte.” Ojalá algún día los que nos gobiernan sean artistas de la vida.
[email protected]

Comentarios