Elecciones de pronóstico reservado

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Los colombianos estamos a 72 horas de influir la historia del país, para mejorar; para seguir como venimos, o para empeorar. El anhelo común se inclina hacia lo primero, pero en la práctica ese resultado se vuelve incierto por culpa propia. Y las razones son incontables. El domingo 27 de octubre los ciudadanos tenemos una cita y no hay excusa válida para evadirla. Es una cita de honor, pero también de amor; de amor a esta patria de la que algunos, más que hijos, se creen propietarios. De amor a la familia, al prójimo y a nosotros mismos. Amor puro y simple como noble expresión de la existencia. O sea, amor con dignidad, sin rendición ni sometimiento; amor retador de correspondencia. Ese día nos jugamos la suerte como miembros de una nación con antecedentes que reclaman revitalizar la memoria, para que su derivación en nacionalidad siempre esté presente en los momentos trascendentales, y no apenas en los de mera circunstancia, que se exterioriza y se hace sentir, verbigracia, ante el reconocimiento del mérito o la proeza deportiva de algún conciudadano, que nos arranca aplausos, risas, gritos y hasta llanto de gozo. A estas manifestaciones de contento hemos reducido la nacionalidad, que se explica porque hay millones de hermanos de tierra que sólo han tenido el estímulo del espectáculo momentáneo y no el necesario de la protección social, y de las cosas que lo acrecen y lo hacen permeable a ese sentimiento.
La jornada electoral a que estamos convocados es vinculante. Es claro. En Colombia es deber, deber moral de participación, pero principalmente un derecho. El de decidir el propio destino; el rumbo que se desea y las satisfacciones que se esperan. Es un acto personal de inmensa trascendencia porque puede ser para la liberación social, económica y política, o para el sometimiento. Cuando alguien deposita su voto por el candidato de su preferencia sella el destino de su comunidad y el suyo. Hace un encargo. En un acto de soberanía delega en el elegido poder sobre el Estado para que éste cumpla sus fines cabalmente. En la fecha próxima a la que nos referimos, elegiremos gobernadores, alcaldes, diputados, concejales y miembros de juntas administradoras locales. En todos los departamentos, distritos y municipalidades hay fronda de aspirantes para que los ciudadanos escojan los que mejor les parezca. En este sentido nadie podrá quejarse de falta de opciones, porque también hay una, la del voto en blanco, más simbólica que práctica, porque el evento de su triunfo es quimérico y debería ser modificada para que sea eficaz, pues hasta ahora en el país no se ha alcanzado a llegar a la mitad más uno de los votos válidos en una elección. Cosa distinta sería si se institucionalizara que la suma de los mismos sólo superara la del candidato mayoritario. Pero esta posibilidad deviene fantasiosa por falta de acogida en sectores políticos influyentes, que entienden y hacen de esa actividad una profesión y no un servicio. En esto debería concentrarse la atención general para que la función política sea de valor, brillo y grandeza.
Los cuestionamientos, injustos o no, a gran parte de los candidatos a los cargos de elección popular que aspiran a triunfar el 27 de octubre, crean un gigantesco manto de duda sobre los mismos, cuando lo que debiera ser es que de ellos se conocieran sus ideas, planes y programas, y también sus inhabilidades, incapacidades y defectos, pero en la campaña que se termina para que se abran las urnas, a gran parte de los candidatos y sus seguidores les ha parecido mejor en esta ocasión escrutar el pasado cuestionable de sus contrarios, que debe estar sometido al conocimiento de los órganos de control, y no sus propuestas, que aveces resultan más graves y perturbadoras que sus antecedentes éticos o punibles. Por eso decimos con profunda preocupación, que estas elecciones son de pronóstico reservado.
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