Una multitud de clientes hacía fila en sus vehículos al frente de su casa para comprar sus pertenencias, en el oeste de Maracaibo, donde desde su juventud administraba un negocio en el que vendía periódicos, cigarrillos, café, tiques de lotería y bocadillos.

Sus productos ya no son novedades. Tienen olor a antigüedad, a desgaste y a uso.
“He vendido hasta cauchos, zapatos, tubos, las protecciones de mis aires acondicionados. Lo hago para defenderme”, cuenta Henry Cervantes, venezolano de 48 años de edad, mientras gesticula como quien se lleva un pedazo de comida a la boca.

Hoy, remata lo que le queda: dos sacos de traje de vestir sucios; una camisa de mangas cortas; revistas sobre la mujer y la salud de 15 y 20 años atrás; viejos libros y discos compactos; películas pirateadas, entre ellas Los Juegos del Hambre e Invictus.

“Tuve que venderlos. Ya no tengo capital y ahorita lo que te provoca es comer. Tengo el estómago medio vacío”, confiesa el hombre, delgadísimo.

El salario mínimo mensual no cubre 1,1% de la canasta básica alimentaria, según el Centro de Documentación y Análisis para los Trabajadores, asociación civil que analiza el universo sociolaboral del país desde hace 43 años, reseño la Voz de América.

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura reportó en julio que la subalimentación en Venezuela aumentó casi cuatro veces entre 2012 y 2018, y advirtió que 6,8 millones de venezolanos no pueden alimentarse.

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