Trabajo, salud, pensiones

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En declaraciones recientes concedidas por la ministra del trabajo Alicia Arango al periódico El Tiempo, nos ha hecho recordar la carta apostólica “Rerum novarum” o “De las cosas nuevas”, promulgada en el siglo antepasado por el pontífice católico, Leon XIII, a la que nadie se refiere en estos días, ni siquiera sus principales beneficiarios, los trabajadores, quienes la ignoran. En estas líneas se menciona a raíz de la visión crematística absoluta con que se habla del trabajo, fuerza social productiva, como si fuera una dádiva y no plusvalía. La ocasión es propicia para algunas anotaciones vivenciales, que de pronto podrían estimular la memoria y mover a reflexionar acerca de la involución que ha venido teniendo en Colombia ese vínculo de dependencia y subordinación. Hasta el año 1990 la mayor felicidad del desempleado que lograba salir de ese estado comenzaba dos meses después, cuando pasaba el período de prueba. Para entonces contaba con un salario normal, en horas ordinarias, y extra, si excedía la jornada; recargo nocturno desde las seis de la tarde y remuneración triple si laboraba en dominicales y festivos. Su relación era directa con el empleador. Gozaba de estabilidad. Su cesantía era retroactiva, y si era despedido sinjusta causa, tenía derecho a una razonable indemnización. Los servicios de salud de que disfrutaba eran excelentes. Las atenciones médicas u odontológicas eran de primera. Como paciente tenía derecho a escoger el especialista en el tratamiento que necesitara, los medicamentos le eran proporcionados al cabo de la consulta, y cuando no los había en la farmacia le daban la orden para reclamarlos en lapso muy corto. El Instituto de Seguros Sociales proveía todo lo necesario y, además, cubría los riesgos nada menos que de invalidez, vejez y muerte.
Pero las cosas cambiaron. En este país, hay que decirlo con dolor, todo lo que favorece al común de la gente se daña y desaparece. O lo desaparecen. Como desaparecieron el ISS, contra el que hubo una conspiración general de la que fueron determinantes terceros muy influyentes, pacientes y asalariados del mismo en todas las áreas y escalas. Abonaron el terreno para el surgimiento de las EPS e IPS. La salud pasó de ser un servicio para convertirse en lucrativo negocio. Y en cuanto a riesgos y jubilación, emergieron las ARL, los fondos privados de cesantías y Colpensiones, los primeros de esencia puramente especulativa, y el último, tal vez el más seguro, por su naturaleza Estatal, pero expuesto a vaivenes políticos. En la actualidad el 80% o más de los asalariados no tiene contrato directo con el empleador al que sirve. Su vinculación opera a través de intermediario. Hay subordinación a ambos, pero al primero le basta expresar su inconformidad, por la razón que le parezca, para solicitar su cambio, a lo que el suministrador no se atreve a negarse para no exponerse a perder el contrato. La ganancia del intermediario surge de lo que se le resta al servidor suministrado. El deterioro de los derechos del trabajador no para. El actual ministro de hacienda, por ejemplo, dijo hace rato que en Colombia el salario mínimo es ridículamente muy alto. Fedesarrollo y empresarios están de acuerdo en reducirlo al 75%, dizque para fomentar el empleo entre los menores de 25 años, y a los de mayor edad que se los coma el tigre. Para rematar, la ministra del trabajo airea la tesis del trabajo por horas, que ella denomina flexibilización, propuesta que con la reducción del salario mínimo en pocos años acabaría definitivamente con la precaria estabilidad laboral y generaría el desempleo de hombres y mujeres de 26 años en adelante. En un país con tanta injusticia, no judicial — se advierte — se sigue un peligroso camino hacia el despeñadero. Así estamos y peor seguiremos si no contrarrestamos tanto abuso e inverecundia, y lo peor, la corrupción. Por eso es pertinente sugerir un repaso, o acaso una mirada, al mensaje de León XIII en 1.891.
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