Robertico: Un narrador de imágenes fantástico

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Corrían los años setenta, y la libertad de la niñez cruzaba cada rincón de nuestras vidas. La Santa Marta de ese entonces siempre estaba bronceada por un sol emergente del mar, en la aurora, y su jornada incandescente terminaba cuando redondo como una naranja, caía lentamente sobre el océano azul, que al atardecer, yacía como siempre, tranquilo, mirando a sus eternas centinelas; las montañas derivadas de la sierra nevada con su imponente y venerable pico: Simón Bolívar.
Eran los tiempos en que la balada empezaba a transitar su camino triunfal y el bolero, aunque eterno, a dejar sus últimos alientos en cada esquina y rincón de las almas enamoradas.
El mundo parecía detenido en un cuadro de colores diversos, de risas mil y juegos infantiles que nos enseñaban el amor por la vida y la alegría de vivir, especialmente, de empezar a vivir. También era la época en que el cine comenzaba su auge, y los mejicanos con sus producciones contadoras de historias típicas del pueblo manito, invadían los mercados aún incipientes de toda la América Latina. Fue allí, anclado en el corazón de aquella aldea pobre que era entonces pescaíto – donde mi vecino y compañero de esquina, Robertico, jovencito con quien compartíamos juegos y travesuras, nos deleitaba cada noche o cada tarde, describiendo las películas del momento que se habían proyectado en las salas de cine samarias. Por razón de nuestra pobreza los niños de pescaíto no podíamos asistir a las salas de cine, y sólo a través de los relatos que Robertico narraba sobre los filmes en cartelera, disfrutábamos de ellos como si cada escena de aquellas producciones cinematográficas, estuvieran siendo captadas por nuestros ojos. Robertico, el hijo de la vieja Zunilda, mujer entrada en años que se ganaba el pan para sus hijos lavando y planchando ajeno – era de una creatividad única para contar lo que había ocurrido en cada escena fílmica. Alrededor de él nos congregábamos en tardes y noches para escuchar cómo imitando los sonidos de la música incidental de los filmes – Robertico, nos hacía vivir las emociones propias de quien está observando pieza alguna del séptimo arte. En su voz, pudimos vivenciar los diálogos entre Santo, el enmascarado de plata y su eterno socio, Blue Demond, o el demonio azul. Los alaridos de las víctimas del conde Drácula, al ser mordidos por el legendario vampiro trasnsilvánico, o el zumbido de las balas que los pistoleros del oeste norteamericano disparaban en los estudios de la Paramount.
Con Robertico, fuimos descubriendo en medio de narraciones verbales emotivísimas – que en la palabra está la génesis de todo lo creado por la especie humana. La palabra gráfica cada acción y describe cada escenario humano dándole vida propia, creando mundos que recrean el real, y muchas veces lo describen tan bien, que ese universo ficticio nos parece genuino y lícito para alcanzar verdaderos estados de éxtasis y placer estético.
En los setenta, tiempo de la niñez feliz en un mundo que parecía recién hecho – pudimos vivir historias recreadas por un verdadero contador de imágenes. Robertico, era básicamente eso, alguien que describía con palabras, articulando sonidos con su boca, lo que en cada escena fílmica eran imágenes.
Es posible que esas vivencias de la niñez estimularan en nosotros el gusto y el hábito de buscar historias para ver, leer, entender, analizar e interpretar. Robertico fue una verdadera escuela de lectura durante todos esos años de la infancia, y su talento descriptor hizo aparecer entre nosotros la curiosidad por saber qué había detrás de las historias, pero especialmente, de ese hábito humano de contar historias.

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