La educación es un factor determinante tanto en la guerra como en la paz. Es motor de la guerra cuando se excluye a amplios sectores de la población por condiciones raciales o de género; cuando se somete la calidad de la educación a las condiciones del mercado; cuando se diseñan currículos que refuerzan los estigmas o se narra la guerra desde la perspectiva heroica del victimario. Todos sabemos que la educación es el camino que nos conduce a la libertad, la autodeterminación y a entender los problemas que hacen presencia en la sociedad que nos ha correspondido vivir. Por eso también es motor de paz. Una escuela democrática y en paz es la que ofrece fértiles posibilidades para la crítica y la confrontación de ideas, en el marco de la renovación de los manuales de convivencia, los gobiernos escolares y la toma de decisiones y la revitalización de los consejos directivos y académicos institucionales, las personerías estudiantiles y los proyectos educativos institucionales.
La guerra lo abarca todo y lo acaba; cuando no hacemos resistencia. En un detallado artículo del profesor Jorge Ramírez, secretario técnico de derechos humanos de FECODE y publicado en la edición 116 de la Revista Educación y Cultura titulado: “La victimización de los docentes”, presenta un detallado informe de la enorme cantidad de maestros asesinados (1.579) con motivo del conflicto armado en Colombia, entre los años 1977 al 2016, fecha en la que se considera el fin de la confrontación armada con la guerrillas de las FARC. También se detallan las distintas formas de amenazas, amedrentamientos y victimización de que han sido víctimas los maestros y maestras del país, solo por ejercer una profesión cuyo esencia podría ser peligrosa para unas élites dominantes en una sociedad con enormes desigualdades sociales.
Una educación para la paz debe partir de un reconocimiento explícito de la importancia de formar personas conscientes de su rol y responsabilidad con el mundo, lo que implica el desarrollo de una ciudadanía participativa en la construcción de la convivencia social. En el sistema educativo, la formación en el principio de la responsabilidad de crear armonía en la humanidad, debería ser un eje transversal en el currículo escolar, ya que una persona responsable entiende que pertenece a múltiples grupos, colectividades o comunidades diversas dentro de la sociedad, la nación, y finalmente, la humanidad misma. Dicha virtud favorece la conciencia personal de una profunda interconexión con los demás, como una precondición para el desarrollo de una vida saludable. En armonía con los acuerdos de paz, a la escuela hay que reconocerla como víctima del conflicto, en consecuencia debe ser sujeto de reparación colectiva, por la extensa deuda que el Estado colombiano tiene con los miembros de las comunidades educativas, en particular con los maestros y maestras.
Cuando levantamos la consigna “la escuela es territorio de paz”, es el mejor reconocimiento de que este sitio ha sido epicentro y víctima de esta guerra fratricida que ha azotado nuestra patria por más de seis décadas. Es otro reconocimiento de que este territorio y los procesos que allí se desarrollan han estado permeado por los avatares del conflicto social y político, que su devenir está distante de aquella visión romántica y humanista con que esta entidad nació siglos atrás, que los sujetos que por ella transitamos en condición de maestro, directivo-docente o estudiante, hemos sentido en carne propia el rigor de la guerra, que los procesos de enseñar y aprender, razón de ser de la escuela, no han escapado a los designios e intereses de quienes la promueven, por múltiples razones, desde las más altruistas hasta las más banales, mezquinas y utilitarias.
Si levantamos la consigna de convertir a la escuela en territorio de paz es porque ella ha sido también territorio de guerra, de muchas guerras. De esa guerra invisibilizada y provocada por el hambre de nuestros niños y niñas que circulan por los salones de nuestras escuelas y colegios en los distintos niveles, tanto de las zonas urbanas como rurales. La misma guerra que en otros espacios extraescolares destruye la unidad y fortaleza familiar y las condena a los vicios sin límites ni control que promueve una sociedad de consumo. La misma guerra que les niega a nuestra gente empobrecida las posibilidades de una salud de calidad y oportuna, de una vivienda con sus servicios que dignifique su condición humana. Asumir la escuela como territorio de paz pasa por reconocer el conflicto; derivado de una sociedad que se construye día tras día, en medio de los más diversos intereses.
Si nos reconocemos como sociedad pluriétnica y multicultural, es natural reconocer las tensiones, los encuentros y desencuentros que provocan los avatares de la lucha por la vida. Por último, es fundamental aprovechar la coyuntura en que se dan los acuerdos de paz para realizar ajustes en las políticas educativas, ya que estos son periodos de grandes cambios en distintos niveles del país. Así, el sistema educativo no debe esperar que termine el proceso de paz y comience la implementación de los acuerdos para ver cómo puede contribuir a la paz. El sistema educativo no debe limitar su función a la de replicador de contenidos relacionados con la paz, sino que debe crear las condiciones necesarias para que esta sea posible, debe pensarse como el espacio donde el posconflicto se materialice y, sobre todo, debe generar las oportunidades para que las nuevas generaciones jamás contemplen la posibilidad de repetir, una vez más, la espiral de violencia que tantas veces ha retornado sobre la historia de Colombia. [email protected]

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