Un adolescente que amaba cantar; el inicio del joven príncipe

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Defender sus corazonadas y el amor que siempre le tuvo a la música fue la constante en la vida de José José, quien desde niño peleó con uñas por lo que amó hasta la muerte: cantar.

José Rómulo Sosa Ortiz, mejor conocido como José José, nació el 17 de febrero de 1948 en la Ciudad de México.

Creció y se desarrolló en la colonia Clavería, por el rumbo de Azcapotzalco, donde la música en sus calles era parte de ese folclor urbano.

José José lo intuía, lo sentía en la sangre, sabía sin temor a equivocarse que su vida era cantar, aunque desde pequeño siempre tuvo la fuerte oposición de su padre que se negaba a darle la oportunidad de demostrarlo.

Algo contradictorio, pues, don José Sosa Esquivel fue tenor de ópera y tenía por costumbre vocalizar al lado del piano que tocaba su esposa Margarita Ortiz, quien antes de casarse fue concertista. Entonces, era casi inevitable que el pequeño no tuviera esas inquietudes y aptitudes artísticas, que el padre trató de reprimir.

Sin embargo, tenía un cómplice que entendía perfectamente esa necesidad: su mamá, quien en todo momento lo apoyó y lo instó a pertenecer al coro de la escuela y a participar en cuanto festival musical se organizó.

Con el tiempo, Pepe, como le decían, comenzó a tener amigos que compartían ese gusto por cantar y tocar la guitarra. En ese entonces, las serenatas eran muy habituales en todo México, los boleros eran interpretados por grupos de jóvenes que se reunían para ir a cantar al pie de la ventana de la novia, la amiga o la mamá de alguno de ellos y, por supuesto, el joven, de apenas 13 o 14 años, estaba en la calle dando muestras de lo que se perfilaba como una de las mejores voces de México.

“Lo más importante de esa época de adolescente era cantar. Me salía de mi casa y junto con dos o tres amigos con los que había ensayado las serenatas, caminábamos por la colonia para cantarle a alguien canciones, que generalmente eran de amor o contra de ellas, como decíamos, porque no te hacían caso”, compartió durante una entrevista con Excélsior.

Por supuesto, esto siempre fue a espaldas de su padre, quien se opuso terminantemente a que su hijo siguiera sus pasos.

Para Pepe, cantar en las calles era como el aire que respiraba.

“Muchas veces, por la edad, andábamos afuera sin permiso de los papás, estamos hablando de épocas antediluvianas donde era una ofensa no pedir permiso para llevar una serenata. Era hermoso cuando al final de la serenata te abrían las puertas y te dejaban pasar, era con novios ya comprometidos o que ya tenían permiso, hasta nos hacían pasar a la sala”, recordó en ese momento con mucha nostalgia.

En ese tiempo, una de sus mayores influencias fue el trovador Pepe Jara, algo que definitivamente su padre desaprobó porque no le gustaba que en su casa se escuchara música popular, sin embargo, esos temas, además de todas las de tríos y rondallas, conformaban el repertorio del cantante amateur.

“Había épocas en que comencé a salirme de mi casa por días. A veces traía dinero y otras no, pero para mí, lo padre, lo que me llenaba, era estar canté y canté aquí y allá”, describió José José.

En 1963, el chico se enfrentó a dos hechos que marcaron su vida. Por un lado, su padre abandonó a la familia, por lo que él tuvo que tomar el papel de proveedor, y dos, tomó a la música como su modo de sustento.

Formó un grupo con su primo Francisco Ortiz y su amigo Alfredo Benítez, que si bien funcionó un tiempo, las exigencias y responsabilidades que tenían los otros, hicieron que este proyecto acabara pronto.

Pepe sabía que la gran oportunidad le llegaría pronto, así que cantaba toda la noche en todos los lugares: serenatas, bares, fiestas, todo era un escenario para él.

Así, dos años después, Discos Orfeón le grabó un disco de 45 revoluciones que contenía los temas El mundo y Mi vida, además se presentó en el programa televisivo Orfeón A go-gó, en donde se hizo llamar Pepe Sosa.

No pasó nada, y la disquera probó de nuevo con otro acetato con los temas Amor y No me dejes solo, que corrió con la misma suerte.

Si bien, ya contaba con el respaldo de una disquera, lo cierto es que no eran suficiente los ingresos económicos, así que se integró al trío PEG, compuesto por Gilberto Sánchez y Enrique Herrera, agrupación que interpretaba jazz y bossa nova y donde José se ocupaba del contrabajo.

Fue gracias a estas presentaciones, justamente en El Apache 14, que conoce al productor Rubén Fuentes, quien le consiguió un contrato con la disquera RCA Víctor, pero que tenía una condición muy difícil de cumplir, pues tenía que dejar de presentarse en los bares

Una decisión difícil de tomar, pues si bien tendría un respaldo aún mayor, se le acababa una entrada de dinero que necesitaba.

Fue nuevamente su mamá quien salió al rescate, lo apoyó al abrir un restaurante que ayudó a solventar la economía de la familia.

Para 1969, Pepe Sosa, por sugerencia de ejecutivos de la disquera, decide cambiar su nombre artístico a José José, el primero por su padre, quien había fallecido de alcoholismo, y el segundo José por sí mismo.

En ese año llega a la compañía el tema La nave del olvido, del compositor Dino Ramos. José José sabía que debía interpretarlo, sin embargo, los directores tenían otros planes, después de muchos obstáculos lo consigue: lo grabó y lo catapultó a la popularidad.

En 1970, gracias a que las radiodifusoras lo ponían a cada minuto por petición del público, grabó el álbum con el mismo título y en el que contenía canciones como Nadie simplemente nadie, Del altar a la tumba y El mundo sigue girando.

Este material fue muy afortunado, pues contó con compositores como Armando Manzanero, Rubén Fuentes y Nacho González, además de las orquestas de Chucho Ferrer y Eduardo Magallanes, elementos que hicieron que este álbum obtuviera un Disco de Oro y otro de Platino por las altas ventas.

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