Obsolescencia

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Les pregunté a todos cuántos años tenían y todos contaron las horas, los días, las semanas y años más allá de los sesenta.
-Estamos viejos, se oyeron voces en una especie de coro.
-Sí, les respondí. Estamos viejos.
Vino el silencio acompañado de cierta expectativa.
-¿Qué es la vejez?, pregunté.
De nuevo el silencio y el escrutinio de voces en la cabeza buscando las palabras, palabras oscuras o palabras de colores para la respuesta. El silencio se prolongó más de la cuenta.
-Es estar viejo, se oyó una voz de trueno. Todos en el auditorio del Centro de Vida, rieron.
-Sí, dijo otro, quizás el más viejo. Es estar viejo, pero es la caída precipitada al vacío, a la muerte lenta de todos los días.
-Sí, es el final. Es estar jubilado de la vida, esperando no enfermarse para no morir en la sala de urgencias de un hospital. Eso fue lo que dijo otro octogenario.
Silencio otra vez, silencio que parecía mirarles el rostro a todos. Y todos sentían los cuchillos del silencio clavados en el cuerpo.
-Es estar Jubilada, se escuchó una voz de mujer, suave y tierna.
-Alguien dijo, era la voz de trueno que ya se había escuchado antes, que los viejos le costamos demasiado al gobierno. Que nos van a dar a cada uno una pastillita de cianuro para el descuento.
-Otro viejito, seguramente un lector del autor de “Carne de varón tierno” o de “Un hombre destinado a mentir” de Ramón Molinares Sarmiento, alzando la voz, dijo: nos van a matar como a las vacas para vender carne humana en los supermercados y tiendas de barrios y así poder arreglar las finanzas del Estado, que están bien quebradas. Porque están vendiendo las pocas empresas que quedan.
- Tiene razón. Están revisando las mesadas de jubilación. Van aumentar la edad, porque ya no nos morimos tan rápido.
-Dejen de inventar cuentos de terror, se escuchó la voz de una abuelita. Están desvariando por la edad. ¿Dónde han leído esas cosas? Porque mejor no hablamos de belleza.
Me sorprendió esta propuesta. Y les pregunté ¿Qué es la belleza?
-Carajo, Manuela, nada en nosotros ya es bello.
-Porque tú, Pedro Cúdriz Tang, no vez más allá de tu opaca nariz. Nuestra piel, arrugada y todo, es otra piel, nueva, y todo lo nuevo, si te atreves a mirarlo, a admirarlo, le encontrarás su belleza. No es una palabra, es una nueva experiencia con la vida y la edad.
El silencio volvió a observarlos y todos se miraban como si estuvieran en una dimensión desconocida. Nadie esperaba esto, ni yo mismo, que llegué al Centro de Vida a investigar la vejez. ¿Vejez y belleza? ¿La bella y la bestia? Empaqué mis cosas y me fui al carajo, yo también estaba viejo y a mí también me mataría el gobierno para vender mi carne humana en alguna tienda de barrio o en un supermercado.
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