Sucre y Bolívar: Una amistad a toda prueba

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Escribir sobre el sentido de la amistad, es escribir sobre la cualidad más cualitativa y más expresiva de los seres humanos, por ello, necesitamos dar cuenta de esta máxima expresión en la vida de estos dos grandes personajes de la historia panlatinoamericana. Se trata de una amistad, con una escritura cualitativa, nada más leer la correspondencia entre ellos, en especial, la carta de despedida del Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, cuando ya el Libertador partía rumbo de Bogotá a Honda. En ella apreciamos y valoramos en la distancia de los tiempos una amistad asombrosa. Cuanta más empatía había entre ellos, más reflexivos eran sus pensamientos diáfanos, sin las marrullas y componendas de una amistad como la de Santander. Sucre, el más fiel lugarteniente de Bolívar le escribía en Bogotá: “Cuando he ido a casa de Vd. para acompañarlo, ya se había marchado. Acaso es esto un bien, pues me he evitado el dolor de la más penosa despedida. Ahora mismo, comprimido mi corazón, no sé qué decir a Vd.”
El sentido de amistad patriótica de Bolívar y Sucre, puede apreciarse y valorarse, con dos cosas. Primera, la amistad en ellos es un componente del sentido de lealtad por y para los más altos valores de la patria, no es sólo un proceso afectivo, sino que implica responsabilidades en procura de no dañar al otro. Amistad es reflexionar sobre ello, es investigar sobre el por qué y para qué de un determinado comportamiento del uno o del otro, a fin de profundizar y cambiar nuestra postura de nosotros mismos frente a la del otro. Segunda, se trata del fenómeno de la expresividad de nuestros sentimientos y actuaciones: es una expresividad vocativa de los sentimientos, que implica, todo lo sintiente de mi ser. Esto lo apreciamos en la carta de Bolívar a Sucre, fechada en Turbaco, 26 de mayo de 1830. “Mi querido general y buen amigo: La apreciable carta de Vd. sin fecha, en que Vd. se despide de mí, me ha llenado de ternura, y si a Vd. le costaba pena escribírmela, ¿qué diré yo?, yo que no tan sólo me separo de amigo sino de mi patria! Dice Vd. bien, las palabras explican mal los sentimientos del corazón en circunstancias como éstas. (…). Protesto a Vd. que nada es más sincero que el afecto con que me repito de Vd. mi querido amigo”. La escritura de este texto por parte de nuestro Libertador, es un texto reflexivo de una amistad a toda prueba, que consiste en expresar los modos de sentimientos y vivencias de nuestra vida vital, que ha sido compartida: se trata de una amistad, como la de estos dos prohombres, que fueron capaces de actuar desde sus propias vidas con la mayor atención y tacto para no dañar ese sentido prístino de la amistad, como es la lealtad.
Nunca, ni en los peores momentos, la amistad de ellos fue desplazada por la envida, la apariencia o la intriga, como fue el caso de Santander para con Bolívar. Esta es una pregunta que siempre he tratado de responder en mis encuentros con la lectura copiosa del Libertador. Siempre me he fijado en Bolívar, Sucre y Nariño, como ejemplos, de la gran virtud de la lealtad, como una práctica de moralidad y buenas costumbres y como composición del sentido axiológico que engalana, por ejemplo, al considerar Bolívar a Sucre, como “El Abel de Colombia”. Es la más alta estima del Libertador para su más fiel escudero, y su más fiel intérprete, fue la aprehensión de la realidad compartida, que la simboliza en este lapidario. Se trató de una amistad con responsabilidad patriótica, que se experimenta en el intercambio de correspondencia entre ellos, en el otorgamiento por ejemplo, del más grande título militar, que el Libertador haya otorgado en pleno campo de batalla: El de “Gran Mariscal de Ayacucho”, otorgado a Antonio José de Sucre, la memoria viva de la amistad bolivariana para los pueblos panlatinoamericanos.

En este acto de nominar y dar reconocimiento, también se nombra en la persona su riqueza existencia. Sucre fue un gran hombre, un gran patriota, un gran funcionario, un gran esposo, un gran padre y ante todo un gran amigo de Bolívar. Podríamos decir, que fue para Bolívar su hijo adoptivo. Fue un gran militar con una destreza guerrera incomparable, que supo llevar los estandartes de la libertad a varias de nuestras nacientes repúblicas. Nació un 3 de febrero de 1775 (Bolívar en 1783). Y fue vilmente asesinado, un 4 de junio de 1830 (Bolívar fallece un 17 de diciembre de 1830) en las montañas de Berrueco por los esbirros de quienes participaron en la nefasta noche septembrina. Fue un hombre brillante, talentoso, virtuoso, estadista. Con estas charreteras fue la mano derecha del Libertador. Fue tanta la confianza depositada por nuestro gran Libertador, que después de la liberación de la Nueva Granada, le encomienda a Sucre redactar el armisticio con los españoles. Bolívar definió el texto redactado por Sucre como “el más bello monumento de la piedad aplicada a la guerra”.
En este texto hemos intentado en el marco del Proyecto “El Bicentenario: Un itinerario mágico por el Caribe”, ideado por la Misión de Sabios de Educación para la Región Caribe, ofrecer una explicación una explicación desde el presente a una práctica de amistad sincera y patriota como la fue sostenida por Simón Bolívar y Antonio José de Sucre, que demanda sea ejemplo de consistencia para nuestros gobernantes y políticos de la actualidad. Se trata de dos horizontes axiológicos de dos vidas históricas ejemplares, donde el sentido de la amistad se percibe sus actos de vida. En carta del Libertador fechada el 21 de febrero de 1825, le escribe a Sucre: “Ud. créame general, nadie ama la gloria de Ud. tanto como yo. Jamás un jefe ha tributado más gloria a un subalterno”. Es la mejor prueba para reafirmar una amistad a toda prueba y una muestra indeleble de admiración, que siempre Bolívar tuvo para con el Mariscal. Por ello el dolor inmenso de la despedida entre estos grandes vencidos y traicionados. La carta de Sucre, en tal sentido, nos arroja luces, “Mi General: (…). Más no son las palabras las que pueden fácilmente explicar los sentimientos de mi alma respecto a Vd.; Vd. los conoce, pues me conoce mucho tiempo y sabe que nos es poder, sino su amistad la que me ha inspirado el más tierno afecto a su persona. Lo conservaré, cualquiera sea la suerte que nos quepa; y me lisonjeo que Vd. me conservará siempre el aprecio que me ha dispensado. Sabré en toda circunstancia merecerlo”.
En este ensayo el lector se dará cuenta de que las formulaciones de una sincera amistad, son y deben hacer parte de nuestras vidas. Hemos presentado una amistad ejemplar histórica, solidificada en tradiciones que se desarrollaron como respuesta a tejer caminos de emancipación en las antiguas colonias españolas. Aquí la noción de amistad se tiene que entender de forma indeclinable, sin ambigüedades, como fue la de Santander y la de Páez para con el Libertador. En una sustanciosa novela histórica de Francisco Herrera Luque, venezolano, “El vuelo del alcatraz”, el mayordomo de Bolívar, José Palacios (1770-1845), le decía a Bolívar: “Simón, tú estás como el viejo alcatraz, que confunde la roca con el pez y se estrella. El no haber comprendido que Páez y Santander eran tus enemigos, no te permitió ver la realidad”. Fue la advertencia de su fiel mayordomo, que lo acompañó hasta su muerte: con esa sabiduría silvestre que lo caracterizaba, lo alertó siempre frente a la traición de esos dos fríos y tristes personajes. Quería hacerle comprender el sentido de que esas amistades no eras sinceras, como sí, la del Gran Mariscal.
Ya el Libertador hacia diciembre de 1830, se entera del dolor de patria, de la muerte aleve del “Abel de Colombia”, y ahí perdió todas sus fuerzas: Sucre era su heredero, por eso, se le asesinó. Tenemos que volver a retornar la mirada hacia el paisaje de la amistad sincera y leal, como la de nuestros dos héroes traicionados: Bolívar y Sucre.

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