La paz en el paredón

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Vergüenza y tristeza producen algunos colombianos que sin exponerse ni exponer a sus hijos en el campo de batalla, promueven la reactivación del uso de las armas, en el intento repetidamente fallido y altamente costoso, de exterminar sin contemplación ninguna a quienes habiendo tenido ocasión de regresar a la vida civil estúpidamente persisten en la marginación de ella, ante el asombro y el rechazo de la comunidad internacional, que buenamente y con la mejor intención ha acompañado y sigue acompañando los esfuerzos en procura de la paz, en forma decidida y con apoyo económico, derecho este de todos los asociados y un deber de éstos y de autoridades escepticas y proclives a perpetuar la ley del talión, que a socapa de su propósito de mantener vigencia política pretenden demostrar con subterfugios que su actuar es el aconsejable para legalizar lo logrado. De esa manera, hablan de querer la paz con legalidad, dejando implícitamente la sensación de que lo pactado fue ilegal, sobre todo en materia de justicia transicional, a pesar de la convalidación jurídica dada por el Congreso de la República y la Corte Constitucional, sin contar el acompañamiento y el aplauso que tuvo de los paises garantes, del gobierno de los Estados Unidos, de la Organización de las Naciones Unidas, de diferentes organismos de derechos humanos y de la Santa Sede, ésta última, cuando concluyó la concreción y formalización del acuerdo, que motivó al papa Jorge Mario Bergoglio a visitar Colombia para sumarse al reconocimiento mundial del logro al que local y mezquinamente se intentó frustrar por todos los medios, y que al no lograrlo se sigue en la tarea de denigrarlo en diversos escenarios y momentos.
Al ciudadano de cualquier nivel económico o social que vive y trabaja sin pretensión distinta a la del progreso propio y de los demás, le resulta altamente perjudicial el ambiente de guerra que se hace propalar con descaro desde que se frustraron los diálogos del Caguan, por la soberbia de una guerrilla que se creía invencible, legitimada por la ausencia del Estado en el sector rural y en la corrupción, sin prever, porque le resultaba imposible preverlo, que el atentado a las torres gemelas de Nueva York iba a despertar en el mundo una reacción en cadena en contra de todo lo que oliera a sublevación, política o no. Este acto criminal fortaleció un gobierno surgido de la arrogancia y la torpeza de una guerrilla que se aprovechó de la endeblez de la administración del expresidente Andrés Pastrana y de su impreparación, para emplazar a los partidos políticos y a sus figuras principales a que fueran al Caguan a sostener con ella un forzado diálogo, a lo que el único que se negó fue el que con esta actitud alcanzó la presidencia con el emblema de la llamada seguridad democrática, que estimuló la animosidad de las víctimas del secuestro, la extorsión y las pescas milagrosas, reacción contrafómeque que le imprimió especial fuerza al paramilitarismo, que se convirtió en un monstruo de mil cabezas alimentado con los mismos y peores recursos de los que empleaba la guerrilla, y aún más, con el narcotráfico en que aquella había incursionado para mantener su capacidad ofensiva y de fuego, y para los excesos personales en que algunos de sus miembros incurrieron. El acuerdo de paz ha abierto, no digamos que una puerta si sequiere trasera, sino una simple claraboya, para que al país le entre aire fresco, vale decir, de sosiego. De allí que se estime que los ciudadanos de buena fe, que son la inmensa mayoría, no pueden permitir que esa ventanita se cierre, pues Colombia no resiste más luto, ni injusticia. Es necesario, por tanto, exigir a quienes gobiernan o son factores de poder, que en vez de aumentar la polución belicista ayuden a disminuirla como los más sufridos lo desean, pues la grandeza de aquellos solo se puede comprobar y aceptar en la medida que propicien el reencuentro de hijos de una misma patria, o que por lo menos no contribuyan a distanciarlos.
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