La terrible pandemia del odio inoculado

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El Sistema político y el modelo educativo colombianos, uno urdido con sustento en el miedo a Dios y el individualismo y el otro envenenado con estratagemas fraudulentas para perfeccionar el analfabetismo cultural, esa especie de parálisis cerebral que impide reaccionar, son los factores determinantes para que una sola persona, usando sus medios de comunicación como canal y el odio y la guerra como bandera dividiera el país de manera tan violenta que hoy en día, sin saber que nos espera mañana y con el credo en la boca, somos vistos por el mundo como dos manadas de bestias salvajes, absurdas e insólitas, comiendo del mismo fango pero a la vez odiándonos de tal manera que los más victimizados por el modelo educativo de marras, es decir los que se quedaron sólo con lo que memorizaron en la cabeza y no leen ni ven medios diferentes a los que ya mencioné, claman la inmortalidad del patrón al tiempo que los otros, los que ahora desean ser ignorantes para no enloquecer de terror, piden a gritos la retirada, la cárcel y hasta la muerte de tirano. Es una división cruel y peligrosa cuyo cráter divisorio, ese profundo y oscuro abismo que les espera a ambos bandos porque no se ve otra salida, se expande y ahonda cada día más llevando a una parte, la más intolerante, incluso a famosos, a extremos tan lamentables y dolorosos que quitan las ganas de ser colombiano y nos dejan la sensación de que el odio es el peor enemigo del hombre. Poncho Zuleta, por ejemplo, aquél Muero con mi arte de su autoría; Despertar de un acordeón”, etcétera, etcétera, la leyenda viva, el juglar inmenso, el otrora campesino amado por todo el país y parte del mundo sin otra pasión que su música, haciéndole canciones a los paramilitares, gritándoles vivas a todo pulmón y cantando en público con ráfagas de estos señores de fondo como si fueran acordeones. Duelen también, después de haberlo admirado tanto, los problemas judiciales en los que, tengo entendido, fue acusado de concierto para delinquir después de que estos, para orgullo nuestro, fueran musicales. Ahora se puede decir que medio país lo odia y medio lo quiere. Jorge Oñate, otro juglar gigante y amado, aquella Rosa Jardinera, Campos florecidos, Noche sin lucero, etcétera, etcétera, investigado por un crimen político. Silvestre Dangond, payaso y todo pero reconocido, al parecer recibiendo sin necesidad dinero de Uribe y también metido en este mundo político tan cuestionado y relacionado con la guerra y la muerte que son, a todas luces, los pros más ofensivos y lesivos para el arte musical. Ese arte de esos señores, por lo visto, no proviene del alma sino del instinto o como medio de subsistencia, que sé yo, porque de otra manera no se desprenderían de él para deleitarse con elementalidades tan abruptas y ajenas a la sensibilidad del espíritu y de sus admiradores. María Fernanda Cabal, senadora perteneciente a la “alta sociedad”, no conforme con “ellos” haberlo calumniado y desterrado por el simple hecho de escribir, darle gloria a Colombia y demostrar que acá hay inteligencia, mandando a Gabo para el infierno con un odio brutal y enfermizo que estremeció al país de indignación. Olvidó que ese señor es lo más grande que podemos mostrar ante el mundo y quién, para su suerte, opaca las atrocidades que, como la suya, campean acá. En otro desquicio, como si lo anterior no hubiera saciado su odio, casi escupió el monumento del padre Camilo Torres Restrepo erigido en el Rincón Latino y acto seguido, violentamente de nuevo, ignoró que el rojo es vida y lo tomó, ennegreciéndolo con su veneno, para compararlo con el diablo. Una mujer hermosa, vaya uno a saber qué clase de hermosura hay en ese rostro, el rostro del odio supongo, publicó en las redes sociales que lo peor que hizo Uribe fue dejar vivo a Gustavo Petro. ¡Qué horror! Es una pandemia que ha hecho metástasis en los lugares más recónditos de la humanidad, allá donde ninguna enfermedad había llegado antes, y hasta la locura parece haber entrado en el juego teniendo en cuenta que Jorge Eliécer Gaitán, el revolucionario más lúcido y visionario que ha tenido el país en toda su historia y por eso la oligarquía lo asesinó, pero ahora las auto defensas de la oligarquía, vaya uno a saber por qué, toman su nombre y lo muestran con orgullo. A todos, empezando por Uribe, Poncho y Oñate, les rogamos un poco de reflexión por la paz, hombre.

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