Con sólo tocarlo

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Cada vez que Jesús pasaba por algún lugar las personas lo procuraban. Querían encontrarse con él, escucharlo hablar, verlo realizar milagros, sentir la calidez de su mirada, tocar así fuera por un instante la textura de su ropa. La cercanía con Jesús les alegraba el corazón, los llenaba de motivación, los dejaba aliviados, liberados y curados. La presencia del Maestro de Nazaret dejaba por donde pasaba el aroma de la Buena Nueva. Del Divino Maestro salía un poder, una luz, una inspiración, una fuerza que solo podía tener su origen en Dios.
Más de dos mil años después todavía existe esa fascinación por la persona de Jesús. Podemos acercarnos a él cuando admiramos la belleza de la naturaleza, cuando meditamos su palabra en las Sagradas Escrituras, cuando celebramos con devoción y fe la eucaristía y comulgamos su cuerpo y sangre, cuando sentimos y vivimos el testimonio de la comunidad creyente, cuando contemplamos el misterio de la cruz y en él nos hacemos solidarios con los todos los crucificados de la tierra.
Hoy no sólo podemos tocar la ropa sino ante todo la carne de Jesús cuando nos aproximamos del pobre, del humilde, del abandonado, del viejo, del enfermo… en fin, podemos sentir la presencia fascinante del crucificado a lo largo y ancho de la geografía infinita donde habitan todos los miserables de la tierra. Ahí sigue en carne viva la divinidad encarnada, vapuleada y crucificada, ahí tenemos de manera real la posibilidad de un encuentro con el Maestro.
A veces podemos sentir que nuestras flaquezas están teniendo victorias importantes en la lucha diaria contra la tentación y el pecado. Cuando esto ocurre parece que el maligno se muere de la risa en el lugar oscuro donde habita. El diablo es feliz cuando de manera ingenua e inocente caminamos sus caminos, cuando damos la espalda a Dios y cuando chapaleamos contentos en el fango traicionero de la iniquidad.
Tal vez en estos momentos nos haga bien tocar aunque sea un poco el manto de Cristo, dejarnos bendecir de sus manos, sentir el fuego de su mirada, abrir el corazón al amor y a la compasión. Tal vez hoy, dos milenios después, no tengamos la gracia de tener a Jesús físicamente presente en medio de nosotros pero no podemos negar el hecho de que el Maestro continúa vivo em medio de su comunidad de manera especial en aquellos por quienes él realizó una opción especial: los humildes, los pobres, los pequeños del mundo. Si nos acercamos a la comunidad de creyentes y tocamos la carne de los pobres podemos experimentar ahí la fuerza de la misericordia, el poder de la solidaridad, la gracia infinita del amor.
Es irónico pero es cierto que la verdadera grandeza se encuentra escondida en las cosas simples, pequeñas e insignificantes. Los regalos grandes impresionan, pero los detalles pequeños matan, la masa es visible, pero la levadura es la que fermenta, Jesucristo es un rey que nace en un pesebre y muere em una cruz.
Visitar un hospital, ir una tarde a compartir con nuestros hermanos de edad avanzada, divertirnos con los niños de un orfanato, tener una conversa con aquellos que están viviendo en soledad, llevar ayuda a una familia pobre, admirar la madre naturaleza, rezar una oración… todas esas son posibilidades reales de encuentro con Jesús. En esos lugares, en esos encuentros, a través de esas experiencias podemos ser curados de nuestra ceguera, liberados de nuestra insensibilidad, exorcizados de nuestros demonios, purificados de nuestro pecado y fortalecidos en nuestra fe.

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