Los riesgos del buen consejo

El consejo no pedido puede indicar benevolencia, aprecio, consideración, tutelaje. Pero puede despertar recelo, rechazo y hasta ira, por el nihilismo de tendencia creciente, que se niega a aceptarlo aunque esté inspirado en el deseo de ayudar y servir, por la creencia errónea de que la respuesta provocada inviste al emisor de superioridad, y lo convierte en acreedor de buscada gratitud. Dar consejo, por lo mismo, genera el riesgo de quedar sometido a suspicacia. Con todo, siempre habrá quien lo dispense aunque no convenza, de poco sirva o sea rechazado por el destinatario. Y razones válidas hay para someter el consejo recibido a clínica mental que permita conservar la propia autonomía y protegerse de la manipulación, pues las apariencias engañan, y quien a través del consejo se aproxima a alguien podría estar incurso en mala intención o en error. Pero piénsese lo que se quiera pensar de quien da un buen consejo, vale la pena, por la satisfacción personal de quien lo prodiga, cualquiera sea la respuesta de quien lo recibe. En el riesgo de dar consejo se ubica de manera permanente el periodista que ejerce su oficio con lealtad, y con el deseo de acertar en lo que transmite, previo severo ejercicio de autolapidación mental, para llegar a la certeza del tema a divulgar, pues es consciente de que el tino o el desatino que tenga en ello marcará su credibilidad y aceptación, o, en otras palabras, el respeto que merece o cree merecer.
Desde el punto de vista profesional el periodista brinda consejo. O lo da sin que se lo pidan. Lo hace en forma directa como parte de su oficio cuando opina, e indirectamente cuando se ocupa en el relato de asuntos que a su juicio son de interés público. Solo que en este caso los hechos mismos y el ejemplo que trasuntan son los que sirven de consejo al público para que obre o se forme ideas acerca de las circunstancias en que le toca vivir internamente, y de las ocurrencias fuera del mundo que lo circunda. En tiempo de descaecimiento de valores recibir consejo no pedido es un privilegio. Y darlo, un deber de enorme contenido humano cuando pretende el bien. Por eso resulta incomprensible el rechazo irreflexivo de quienes se jactan de no recibirlos, porque se creen insuperables y autosuficientes. Hablamos del consejo espontáneo y gratuito, que es el que se da sin esperar contraprestación. Porque, y todos lo sabemos, puede ser oneroso, como el del médico al paciente sobre su salud; el del abogado a su cliente sobre el embrollo jurídico, y el del ingeniero sobre la obra en construcción.
El momento es particularmente propicio para valorar la importancia del consejo. Los colombianos lo requerimos y bueno. Desinteresado. Bondadoso. Consejo sobre cómo debemos y podemos obrar para tener sosiego, para acabar o al menos disminuir los sobresaltos que a diario nos producen el irrespeto a la institucionalidad; el desconocimiento de la existencia del otro; las muertes por encargo; la venganza, el secuestro, el saqueo al Estado, los fraudes de todo orden, las amenazas y las discusiones incendiarias. Las anteriores no son palabras de desespero, ni de reproche, aunque ambas cosas podrían desprenderse de ellas. Tampoco es queja y menos una forma de llanto. Es una autocrítica. Cada quien debe auto aconsejarse. Lo necesitamos. Sin que se tenga como de imposible realización, hay que esforzarse para hacer realidad la teoría de la razón y la verdad. Nos lo merecemos. Como periodistas, en lo particular, reincidimos dando consejo que nadie nos ha pedido. Pero nadie dude de su bondad. Por eso, a porfía, exhortamos a no maldecir la oscuridad. Alumbrémonos con la vela o la lámpara que tenemos a la mano, sin temor a que la brisa amenazante las apague. El país se halla en un mal momento. Pero no desesperemos, ni desechemos los buenos consejos para que el sol derrote la penumbra. No olvidemos que la claridad da paz.
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