A responder por las palabras

Alguna vez creí cierta e hice mía la frase aquella de que todas las personas son dueñas de lo que callan y se vuelven prisioneras de lo que hablan… Hoy creo que una persona madura sigue siendo dueña de las palabras que dice y siempre debe responder por ellas.
En el mundo bíblico los sacerdotes celebraban, los maestros adoctrinaban y los profetas hablaban. Ellos, los profetas, tenían una especial relación con la palabra. Su voz era escuchada con atención ya que el pueblo veían en ellos a verdaderos portadores de las revelaciones divinas. El profeta era reconocido y respetado dentro de la comunidad; tenía el privilegio de que casi siempre su mensaje fuese creído.
Sin embargo, cuando comenzaron a aparecer los falsos profetas y se mixturaron con los demás se hizo necesario establecer un criterio claro para identificarlos. Hubo consenso para establecer que la verdad sería el elemento que ayudaría a discernir la identidad de un profeta auténtico y la de uno falso. Se concluyó que el auténtico profeta hablaba verdades mientras que el falso hablaba mentiras, por lo tanto, lo que decía el verdadero profeta se cumplía y lo que decía el falso profeta era paja que se llevaba el viento.
Cuando se sabía que un profeta había hablado mentiras, éste profeta era castigado con la muerte. Así se enviaba un mensaje contundente y claro a la comunidad: todo mundo puede hablar, pero también tiene que responder por lo que dice y quien habla mentira no merece continuar hablando más.
Hoy puede parecer un poco duro y hasta radical el castigo recibido por aquellos que se atrevían a hablar mentiras. Sin embargo, creo que deberíamos pensar en hacer algo con la gran cantidad de profetas falsos, embaucadores, culebreros, políticos, predicadores, profesores, vendedores, periodistas, youtuberos, actores… que aprovechan las redes sociales, las aulas, el congreso y el púlpito para hablar bobadas, basura, mentiras, calumnias y especulaciones. No puede ser posible que continúen impunes los calumniadores asesinos de honras y desbaratadores de proyectos, no pueden quedar sin que les pase nada a aquellos vendedores de ilusiones falsas y predicadores mentirosos de apocalipsis próximos y terribles; no puede acontecer que los previsores del tiempo nos intimiden diciendo sin tener certezas que nuestro día va a estar lleno de lluvias, truenos y huracanes y eviten así que disfrutemos de un maravilloso día de sol.
Las personas deben responder por sus palabras, por las que dicen y por las que callan, ambas siguen siendo suyas.
La historia es testigo del poder que tienen las palabras. El mundo fue creado por una palabra y castigado también por una palabra. Dios habló y un jardín comenzó a florecer, el diablo también habló y el jardín comenzó a desaparecer. Una palabra puede ser fuente de vida y también de muerte, puede levantar y puede derribar, puede hacer reír y también hacer llorar, puede ensalzar y puede deshonrar, puede herir y puede curar, puede encender una llama o elogiar la oscuridad, puede abrir las puertas del cielo o renunciar a la eternidad.
El poder de la palabra, en el fondo debería ser un privilegio no exento de responsabilidad. Todos podemos hablar, pero todos deberíamos saber que lo que hablamos, las palabras que dejamos salir de nuestros labios aunque inician un viaje largo siguen siendo nuestras.
Pienso que si bien, hoy el mundo no acepta la pena de muerte para los que hablan mentiras, bobadas y cosas sin sentido por lo menos deberíamos comenzar dejando de escuchar, atender y creerles a todos aquellos que sabemos que no hablan más que mierda.

¿Te gustó esta nota? ¡Síguenos en Redes Sociales!    

Comenta aquí: