Fragmentos

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Mi exilio es voluntario. He matado la patria. No hay rastros de sangre en ninguna parte. Mi espíritu vive errante y en solitario. Sin que nada ni nadie me salve. No acepto otra patria, otra vergüenza más. Viviré esta experiencia con la idea de escapar del crimen de Estado, de la porquería que se cuela todos los días por la voz de los informantes, por la sangre negra de la prensa escrita y por la boca mitómana del gobierno. Antes no creía tener escapatoria. Sin embargo, inventar el crimen de la patria es el primer intento del exilio. Que nada duela, que sea tan imperturbable como otro ciudadano de otro mundo. La nuestra no es una patria madre, es una patria de guerreros. Mi espíritu es el de los desplazados, esos hijos de la orfandad y el crimen de Estado.
Mi yo
Mi ego aprovecha un descuido de mi conciencia para colarse en la sala de mi yo. Agotado mi cuerpo, resiste la lucha de estos dos gigantes. Él – mi yo – sabe lo poderoso que es mi enemigo y ha pensado en una trampa: el estadio. ¿Podrá el ego localizar mi yo entre tanto público?
Anhelo
Existen los seres que quieren escuchar en la noche la voz de dios. Otros anhelan el grito sordo del universo. Y hay otros, insignificantes y olvidados para la historia, que solo quieren tomarle una foto a la luna. Son los menos cuerdos, pero siguen siendo los más humildes y sencillos del mundo. A veces filman las estrellas.
Las cartas “Y un adiós es una conversación seria.” Alessandro Baricco

Ella me escribió cartas desde la geografía rural de su corazón. En ellas me hablaba de la ausencia de dios en las rosas moribundas de la Amazonía de su imaginación. Compiló la tristeza de la lluvia y no supo explicar porque la esperanza es la basura de los soñadores.  Me decía en sus cartas que el amor duele en el estómago de las ausencias. Que la distancia no la explican los geógrafos ni Freud. Que el campo es una fiesta olvidada por los poderosos. Como le duele, decía, haberme visto una vez, una sola vez, en la playa de Marbella. Que le recordé un verso de Neruda. Que el mar es un desierto tan profundo como el cielo. Escribió que el adiós es un laberinto sin regreso, patrañas de amores idos.

Ocio

Hoy es otro día y algo del tedio del mundo invade mi cuerpo seco. Una pestilencia de nervios desajustados asoma el rostro, mientras una línea escrita asusta al conversador, quien sabe de sobra que el ocio es la madre de las revoluciones. Pensar, ir más allá de las mejillas de las palabras, sacarles la sangre, pulsar el aire, estar acomodado en el catre de la oscuridad, saltar la valla, hasta subvertir la pequeña historia de los jodidos. El ocio es el camino de los iniciados en la tarea de los cambios. Eso es lo que amo de Aristóteles. La contemplación.

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