Por detrás de las comidas

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Una vez fui invitado por unos amigos a comer en su casa. La comida estaba deliciosa, recuerdo que sirvieron arroz blanco con bocachico frito y tajadas de plátano maduro. La sobremesa fue un jugo de tamarindo y el postre una cocada negrita. Aunque yo disfruté mucho de ese almuerzo, mis amigos no tanto porque su hijo de 8 años no quiso comer sino que después de probar de manera displicente un par de bocados despreció la comida y se retiró a su cuarto. Al ver la escena no pude evitar recordar mi época de niño cuando junto a mis hermanos devoraba sin parar todo lo que nuestros padres nos ponían en la mesa. Em aquella época no era necesario que nos obligaran a comer, las horas de las comidas eran sagradamente esperadas y añoradas.
Ese día en casa de mis amigos pensé en el viaje que hicieron esos alimentos antes de llegar a la mesa. Imaginé campesinos abriendo la tierra para depositar con esperanza la semilla, imaginé la angustia de familias esperando la lluvia, imaginé también la alegría que tuvieron que haber sentido cuando llegó el agua y después de un tiempo la familia toda se metió em el campo para recoger la cosecha. Imaginé a los pescadores que salieron de madrugada a pescar el bocachico delicioso que me había comido, pensé en el esfuerzo y las fatigas de hombres nobles remando bajo el sol buscando el escondite de los peces para tirar allí su atarraya, vi el brillo en los ojos de los pescadores cuando por fin vendieron su pesca. También me fui con la mente a vigiar un rato lo que sucedió días atrás debajo de las plataneras; vi los manojos de plátanos recién cortados, vi los que se fueron para países lejanos y vi los que se quedaron aquí para ser convertidos en patacones, cabeza de gato o simplemente tajadas de plátano maduro…
En todo eso vi esfuerzo, trabajo y dedicación; también vi misterio, esperanza y gratuidad. Supe que algo más fuerte y grande que nosotros estaba detrás del milagro del pan; tuve certeza de que la comida que a veces despreciamos ha sido organizada desde más arriba de las altas nubes que tapan los cielos. No tuve dudas de que cuando uno come sabiendo eso, sentarse a la mesa a comer se convierte en un acto místico y sagrado.
Es bueno saber de dónde vienen las cosas que usamos, disfrutamos y comemos; es bueno saber el origen de aquello que tenemos enfrente; es bueno saber que después de nosotros ellas continuarán su viaje; es bueno en cada masticada saber que lo que comemos fue sembrado por alguien, cultivado por alguien, cosechado por alguien, cocinado por alguien… Saber el origen de las cosas nos hace agradecidos, nos ayuda a valorar más lo que tenemos y nos impulsa a compartir con aquellos a quienes casi nunca les llega nada. Algo tan básico, simple y cotidiano como comer se puede convertir infelizmente en algo trivial si creemos que merecemos o si simplemente ignoramos de dónde vienen los alimentos que están servidos en nuestra mesa. Si sabemos el origen, si respetamos a quienes ensuciaron sus manos de tierra para que con manos limpias nosotros disfrutáramos de los manjares, si comemos con gusto cada plato, cada comida, cada porción, entonces, sólo entonces, entenderemos lo que significan aquellas palabras de aquel hombre que hizo de su Última Cena una maravillosa oración.

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