La Comunicación Troyana

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En los días que corren el ciudadano mal informado, que apenas tiene oportunidad de ocuparse en los asuntos esenciales apremiantes suyos y de sus allegados, viene sometido a escuchar, sin forma de evitarlo ni tiempo para descifrarlos, mensajes que condicionan su accionar, que sería distinto si sus limitadas posibilidades le permitieran desarrollar autónomamente sus ideas, de modo que sus actuaciones y decisiones, y las del conjunto de que forma parte correspondan a un sentir propio. Esa temporal enajenación que direcciona su actuar, lo induce a vocear y servir sin convicción pasiones e intereses ajenos. No sucede lo mismo con quien tiene mejor posición y goza de privilegios trabajados, heredados o emergentes, que en algunos casos promueve la circunstancia de aquel y le saca provecho, haciendo de soslayo más larga las distancias en el terreno económico, que es el que por lo general, en un mundo en el que tener se sobrepone al ser, define la relación de mando y obedecimiento. En la cuestión, sin embargo, no se puede generalizar, sin caer en temeridad. Pero observarlo y hacerlo notar podría parecer alzamiento, ceguera o torpeza, porque devela un profundo y enojoso lindero social, que no es comparable siquiera a la demarcación de estratos en lo administrativo, porque atenta a la armonía entre hijos de una misma comunidad o patria. Dicho lo anterior, vale recordar que los pueblos con mejor estandar de vida no son siempre los que tienen sólida industria, petróleo, minas, agua abundante y recursos vegetales, ni los más felices, sino los de gente educada y respetuosa de cuanto la rodea y de ella misma. Esa dicotomía emerge borrosa ante la masiva e imparable manipulación, que por lo mismo no la percibe fácilmente el común, y muy poco segmentos sociales de buena fe y de mejores niveles. Estas disquisiciones tienen pertinencia cuando asistimos a eventos de apariencia teatral, pero reales, como el de la campaña electoral coincidente con el fin o el apaciguamiento de una guerra, que algunos han desconocido contra toda evidencia, y que desean no termine por el riesgo que corren de desaparecer de la faz política.
Y el problema es más complejo cuando el portador del mensaje olvida su papel y toma partido, como de manera abierta ocurre hoy cuando la noticia que la sociedad tiene derecho a conocer tal como se produce, le llega con sesgo o convertida en opinión. En lo nacional, regional y local, hay personas y personajes que mensajeros de las noticias vuelven inmanentes al público, al extremo de deificarlos y hacerlos intocables, y si alguien en rapto de lucidez y audacia se atreve a desnudarlos y mostrar sus entrañas se les hace víctimas de rechazo, descalificación, amenaza y en no pocos casos de atentados a su honra, a su estabilidad laboral y hasta de agresión física. Lo anterior parece locura, pero es cierto. Y la defensa última del afectado no es otra que la del resguardo tras la barrera del silencio, cuando no es que por el riesgo de vida o por lo dramático del caso, se ve forzado a la obsecuencia, triste y fatal desenlace que le da general validez a la expresión popular de que “el que calla otorga”. Mas por fortuna, no todo está perdido. Todavía hay periodistas y medios inmunes a la contaminación y a la manipulación. En ellos radica la esperanza de devolverle al periodismo la dignidad que se resiste a perder, en bien de la sociedad, para decirle a ésta en forma clara, vigorosa y sincera, que “después de caer hasta el fondo, queda la posibilidad de renacer como el ave Fénix, para renovarse y volverse más fuerte”. O con palabras más concluyentes, que, como las anteriores, no son del columnista, se sentencia que “algunas veces se debe morir un poco para renacer”. Morir, se entiende, en sentido figurado. Vivir dignamente, para borrar de la mente el mensaje abstruso de que en la sociedad hay seres humanos y entidades que aunque perversos, cínicos y corruptos, en ningún sentido pueden ser intocables.
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