Del masoquismo político/“Si deja en mano de los políticos el cambio social, nunca lo verán los ojos de sus nietos

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Este sistema nuestro es tan viejo como los abuelos que decían que este aparato “es más viejo que mi abuela o que Matusalén o hacerlo agachado.” Porque primero votaban los que tenían que votar, los adinerados, después los que sabían leer, y luego el voto fue en papeletas y con tinta roja indeleble, hasta alcanzar esta “fiesta fraudulenta de la democracia colombiana” que todos conocemos hoy. Y siempre hubo clientelas, esclavos y esclavistas, hacha y cortes de franela, sangre roja y sangre azul y después la bandera azul y rojo del frente nacional, hasta estas empresas políticas de hoy, que todos conocemos como partidos políticos. Y su esencia ha sido el intercambio de votos por especies, por dinero o por puestos en la burocracia estatal. Esto somos. Ni más ni menos. No sabemos todavía si con la imaginación moribunda de los abuelos, seríamos mejores o peores ciudadanos. De cualquier manera, no eran espíritus cultos políticamente hablando, sino ciudadanos mal formados en cultura ciudadana. De los mayores heredamos el machismo decimonónico y político, las alas de lo anti-penal y la despreocupación por el futuro. Esta es la razón que puedo explicar porque somos intergeneracionales y no transgeneracionales. En este mar de ignominias políticas históricas se ha formado el ser nacional, mal educado, cínico o sinvergüenza y, sobre todo, ignorante, tonto, desubicado de la historia nacional, pelele de los pequeñuelos y grandes politiqueros. En este centro de maldad y sociopatía, me muevo yo, existencialmente absurdo, desadaptado, contracultural y raro. Mis posturas políticas han decepcionado a más de un conciudadano, que me ha tratado de orate, desubicado, anómico, creído y un etcétera tan largo como la cola de un gato. Votar decente y con honradez no sirve de nada si la competencia es absurdamente desequilibrada. Esta es otra de las razones que explican que competir contra la compra y venta del voto, contra el clientelismo, el intercambio de voto por puestos, es imposible. Agréguele a este juego sucio las inscripciones foráneas. Es un problema estructural de un estado mínimo e incapaz de transformarse a sí mismo, que juega a favor de los capitalistas, de los politiqueros y los corruptos. Con razón, el filósofo italiano Franco Berardi, se atreve a hablar de la “Era de la impotencia,” un sentimiento frustrante, pero inmóvil, depresivo, estresante, porque nada se puede cambiar a partir de un voto ni de una revolución. Estamos amarrados, maniatados al tronco terrenal de la inmovilidad, a la silla de los banqueros y el capital. Los politiqueros son unos amanuenses de los Sarmiento Ángulo del mundo. ¿No bote el voto si nada cambia? ¿Para qué votar si nada cambia? ¿El voto es la libertad de qué? Avivar hoy la ilusión del cambio por el sufragio, es vivir alienado, así como los creyentes viven enajenados por la religión. Por estas fechas electorales mis entrañas se retuercen contritas y a mí me gustaría ser otro ser normal, otro tonto de la manada, para no sentirme tan mal, tan anormal. Pero puede más mi lucidez política, que el terrible masoquismo de mis conciudadanos. Esta es la razón del porqué votar en blanco.
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