A reivindicar el campo

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El tema del campo, su productividad y el campesinado, es un asunto que en nuestro país sigue despertando grandes polémicas. La relación de la tierra a través de los años ha sido objeto de mucho análisis, debates y hasta punto de origen de graves confrontaciones políticas, lo que, incluso, valió para conformar grupos subversivos y dar inicio a guerras que con el pasar del tiempo ocasionaron la pérdida de miles de compatriotas.
No ha sido fácil encontrar ese punto de equilibrio que permita mantener a todos satisfechos y enfocados dentro de un mismo propósito. Si no es la tenencia, es la falta de apoyo, o la no aplicabilidad de los precios de sustentación, o el abusivo poder que ejercen las grandes multinacionales para preservar su dominio sobre los precios de venta, o simplemente la incapacidad del Estado para brindarle a los productores del campo las garantías necesarias de obtener buenos precios por sus productos, pero lo cierto es que siempre ha faltado un elemento que desdibuja el panorama de este sector productivo.
El reclamo campesino ha sido siempre enfocado hacia la falta de una política agraria coherente con nuestra realidad nacional. Si de veras se quiere convertir al país en despensa alimenticia para el mundo es obvio que falta organizar de mejor manera el tema del campo, la distribución de la tierra y por supuesto la labor que ha de cumplir en este engranaje el campesinado. Para él, poseer un terreno adecuado para trabajarlo es lo primordial. Por ello le corresponde al Gobierno trazar esa política con buen criterio, sin politiquería y bajo parámetros de transparencia, de la mano con la organización campesina, para fijar estrategias de cultivo, precios de sustentación y reestructuración de mercados con menos intermediarios, para que sea el productor quien obtenga un mejor reconocimiento económico por su trabajo.
El país en materia de tierras ha sido privilegiado. La diversidad de suelos, acompañado de su variada climatología le han de permitir desarrollar una excelente política agraria en esta nueva era del posconflicto. La oportunidad para recuperar el tiempo es inmejorable; además, la generación de empleo y ocupación de mano de obra que una estrategia de tal naturaleza requiere sin duda contribuirá a dinamizar mucho más nuestra economía, a más de atraer nuevos inversionistas con recursos frescos que han de sostener e impulsar la productividad rural.
Si la tierra fue el elemento que originó la guerra fratricida en el país, también ha de ser el punto de partida para reparar los daños y acelerar la marcha del crecimiento económico y de reivindicar al campesinado colombiano con su esfuerzo y años de lucha, brindándole todas las posibilidades de tener un mejor futuro, con el apoyo del Gobierno y el sector privado.
El hacerlo sin más demora es lo que esperamos de este gobierno, para alejar definitivamente las sombras de nuevas confrontaciones bélicas en el país.

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