Lenguaje de izquierda o mito

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El lenguaje es de suma importancia. La palabra es una representación léxica que evoca, entre todos los hablantes de un idioma o dialecto, un mismo concepto. Lenguaje político es una expresión de la ciencia política usada habitualmente en los medios de comunicación.

En el sentido científico del término no designa solamente a la forma específica de utilizar el lenguaje por los políticos; lo que más estrictamente se denomina «jerga política»​ o «habla de los políticos»,​ y que se pone como ejemplo de mal uso del lenguaje o como ejemplo del buen uso. Es cierto que toda ciencia, al igual que las disciplinas, tiene un lenguaje que comunicar y que éste es asimilable a los destinatarios.

Ante esta situación, la izquierda maneja un lenguaje un poco estereotipado que termina confundiéndose como un mito político y que al no compartirlo sus seguidores toman el riesgo de ser descalificados. ¿Qué sucede cuando al interior de los partidos denominados de izquierda sus militantes terminan codificando su lenguaje? Que las palabras son tergiversadas y conceptos enteros se derrumban; la comunicación pierde su sano curso y, en el mejor de los casos, la comunicación se entorpece. En la lógica de construcción del lenguaje, éste se ha considerado a menudo la palanca que mueve toda polea ideológica.
Sin pretender transitar exhaustivamente por el lenguaje comulgado y hablado por muchos sectores de la izquierda, parece que este se convirtiera en un “catecismo político”, centrado y defendido desde las trincheras del discurso cuando a ultranza, en algunas intervenciones, se denota la “lucha de clases” exclusiva entre “burguesía y proletariado”, soslayando al conjunto disperso de sectores precarizados. En esa misma dirección, conceptos, como expresión de tendencias anacrónicas en la izquierda, que suelen reproducir al interior de las organizaciones y de las propias bases, son utilizados usualmente libres de contexto o empobrecidos de contexto, bajo una visión del mundo donde suele escasear la expresión de duda, incertidumbre e hipótesis; tales como: “camarada”, “revolución”, “unidad y lucha de contrarios”, “toma del poder” y otros, mecánicamente, olvidándose de lo mismo que se pregona: del “análisis concreto de la situación concreta”; etiquetando, macartistamente, todo intento de contextualización del lenguaje como “revisionismo”.

No es fácil hacer desaparecer el lenguaje, para ello debía desaparecer la sociedad. Lo que aspiramos a reivindicar es que, el lenguaje como insumo principal de la comunicación debe ser asertivo, sobre todo cuando aspiramos a educar aprehender a las nuevas generaciones que incursionan en el quehacer político y que al escuchar expresiones como “objetivos tácticos”, “enemigo estratégico”, “aliados estratégicos”, hacen difusa su comprensión para situarse en la realidad objetiva que viven estos militantes o ciudadanos en el acontecer cotidiano de la política que desarrollan los partidos a su interior y de la sociedad misma.

Quedando estos sectores de izquierda atrapados en su propia versión contraída del círculo hermenéutico o interpretativa, con palabras que hoy significan otras palabras o abstracciones reificantes que en el presente tienen otra naturaleza, haciendo borroso su significado e inhabilitando el lenguaje común; sin con esto hacer emulación a los eufemismos en boga agenciados por la derecha que terminan haciendo de las verdades posverdades.

Cómo pretenden algunos sectores de la izquierda inscribirse en ser alternativos cuando en la práctica no son coherentes políticamente y aspiran a engrosar su participación militante convocando a las juventudes de la academia, de la literatura, de las artes, de las ciencias, de la farándula y de otros menesteres sociales, hablándoles con un lenguaje vetusto y sin motivación que los ponga en la disponibilidad de repensar una nueva forma de hacer la política y de visionar una sociedad que corresponda a sus expectativas y a sus utopías, que siguen siendo las de miles de hombres y mujeres colombianos, latinoamericanos y del mundo; de lo que se trata es de atrevernos de conflictuar y liarnos con nuestros adentros para poder emancipar nuevas ideas y pensamientos que confluyan con lo que desde los otros cerebros ciudadanos están pensando cómo debe ser la política como un arte, no solo de acceder al poder sino de gobernar.

Ahora, abordar la política en la actual coyuntura electoral y más allá, requiere el esfuerzo colectivo de utilizar un lenguaje no eufemístico, pero sí comprensible que permita hacer conciencia de la palabra como acción determinante para gestar cambios. De lo contrario, nos quedaremos con un lenguaje ortodoxo, al final metafísico y no dialéctico como se pretende, y seguiremos posando como viejos “revolucionarios” que levantan ladrillos para planes y soluciones que pueden parecer utópicos pero que acaban empobreciendo al mundo, distanciándonos de avanzar progresivamente y obtener resultados superiores este 27 de octubre, fecha significante no solo para la renovación del poder político sino, además, para el relevo generacional en el Distrito de Barranquilla y en la Gobernación del Departamento del Atlántico con Nicolás Petro y Antonio Bohórquez, respectivamente. Repensemos a Barranquilla y al Atlántico.

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