La ineficiencia de las pruebas Saber

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Como cada año, en dos sesiones diferentes, se llevaron a cabo las pruebas Saber 11, conocidas como el examen de Estado que realiza el Instituto Colombiano para el Fomento de la Educación Superior (Icfes) bajo supervisión y vigilancia del Ministerio de Educación, aplicadas a los estudiantes que están próximos a culminar su etapa escolar y a recibir el diploma que los acredita como bachilleres. Para los estudiantes que quieren acceder a la educación superior el examen se ha convertido en un referente obligado en los procesos de admisión universitarios. En ciertas carreras muy solicitadas, un mal resultado en la prueba puede cerrarle la puerta a un aspirante. En ocasiones, estudiantes que han tenido buenos promedios a lo largo de sus años de educación secundaria pueden obtener puntajes bajos que no reflejan su capacidad académica.
Aun así, después de trece años en una institución educativa, se esperaría que un estudiante no necesite una preparación adicional para enfrentar la prueba Saber 11. Sin embargo, cada día es más evidente la persistencia de los cursos PRE-Icfes como herramienta de los colegios y familias para potenciar los resultados de sus hijos. Se justifica la búsqueda de estas herramientas en el deseo de estudiantes y familias de obtener un “buen puntaje”, ya que este determinará si se accede o no, y cómo se accede a la educación superior. Se configura así la prueba estandarizada Saber 11 como una medición clasificatoria de aspirantes, con implicaciones inclusive económicas para los evaluados, sus familias y las instituciones educativas en las que cursan su media vocacional. Esto aleja la prueba de lo que expertos en el tema piensan que debería ser la misión de la evaluación de un proceso pedagógico, la cual se acerca más a funciones diagnósticas, instructivas, educativas y auto-formadoras.
El Icfes tiene la virtud de generar un estándar relativamente homogéneo de evaluación que es utilizado por los centros de educación superior. Claro que las diferencias son notorias. No son iguales los colegios de calendario B, en los cuales se encuentran la mayoría de los colegios privados y los bilingües, y los de calendario A, en los que la mayoría son públicos. No es igual un colegio mixto que uno que no lo sea. No es lo mismo un liceo de una zona rural y uno urbano; no es igual un colegio de Bogotá, Cali o Medellín, que uno de otra capital.
En el fondo, las diferencias en la calidad de la educación reflejan las inequidades de esta sociedad. Un estudiante de un colegio público de bachillerato de un pueblo, tiene menos posibilidades de recibir una educación de calidad que uno que vaya a uno público de una gran capital, y los dos tienen menos acceso que un alumno de un colegio privado bilingüe de Bogotá, Cali o Medellín.
Así como la prueba Saber ha sido positiva para intentar homogenizar –de manera imperfecta– los criterios de admisión a las universidades, ha tenido un mal impacto sobre los colegios. Existe, sin duda, una correlación entre los promedios de las promociones y la calidad de los planteles. Pero la publicación de los resultados de los estudiantes de grado 11 se ha convertido en una obsesión competitiva para muchos colegios, que están dispuestos a forzar e intoxicar a sus alumnos para obtener los mejores puntajes. Los modelos educativos terminan dándole un excesivo peso a desarrollar la habilidad de responder cuestionarios de opción múltiple.
Pero más allá de las virtudes o defectos de la prueba Saber 11, lo que es claro y poco cuestionable es que la calidad de los graduandos de secundaria ha disminuido de manera constante en los últimos años. Quienes adelantamos labores docentes, vemos con angustia el deterioro de la calidad de los bachilleres. Las habilidades básicas (lectura comprensiva, escritura, razonamiento matemático, búsqueda de información relevante, trabajo en equipo) se han venido abajo. Muchas universidades deben ofrecer cursos de nivelación en temas como redacción, ortografía, cálculo básico o técnicas de investigación bibliográfica para lograr suplir las falencias de la secundaria. Si tenemos en cuenta que el conocimiento de una profesión se modifica en la actualidad cada siete años, podemos valorar la magnitud del retraso que hemos acumulado en términos de calidad académica.
Una cosa es que el examen ayude a desarrollar herramientas de medición, pero otra muy diferente que determine lo que tiene validez comunitaria. más allá de cuestionar la ética de una prueba estandarizada que sirve como clasificación de aspirantes a la educación superior o de cuestionar la misión, visión y actividad empresarial de los “PRE-Icfes”, el debate al que invito es al que responde las preguntas ¿Por qué siguen siendo necesarios estos cursos y pruebas? ¿Hay de fondo una falencia en nuestros colegios públicos y privados que sustenta su existencia? De haberla, ¿Se puede subsanar? Lo que sí es claro es que el examen del Icfes muestra unos resultados, pero la evidencia empírica confirma que la calidad de nuestros bachilleres y futuros profesionales, deja mucho que desear.
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