El riesgo de las instituciones

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Hoy 15 de agosto de 2019 estamos a dos meses y once días de la elección de los ciudadanos que de acuerdo con la organización del Estado dirigirán los destinos administrativos en lo departamental y local en Colombia, nación en la que según la encuesta de “World Values Survey”, realizada a 1.520 personas mayores de 18 años, entre el 30 de noviembre y el 22 de diciembre de 2018, el valor otorgado a la familia llega al 99%, pero el de confianza en ella sólo al 68%. En el resumen de la muestra se explica que su objeto “es el de presentar un análisis de los resultados de la Encuesta Mundial de Valores en perspectiva comparada para la sexta ola realizada entre 2010 y 2012, concretamente sobre el componente de capital social”, para “evidenciar las transformaciones sociales, políticas y culturales que condicionan el cambio social en más de 90 países del mundo”. La comprensible limitación de espacio en una columna de prensa y el factor confianza abordado por la encuesta en tiempo pre electoral como en el que nos encontramos, nos mueve a pensar acerca de si quienes en el momento aspiran al favor popular son conscientes del escandaloso déficit en ese valor, base elemental de estabilidad, progreso y paz, y de verdad no es fácil concluirlo. Sería no solo aventurado sino arbitrario e injusto generalizar esa ignorancia, sólo por el convencimiento íntimo de que los buenos numéricamente le ganan a la minoría mala o desviada, que es lo que permite considerar, sin pecar de optimistas, que en el país “la esperanza es terca”, como lo afirma sin ambaje y sin la pretensión de oráculo el politólogo, filósofo y científico comportamental, Andrés Casas Casas, miembro del Grupo de Normas Sociales y Laboratorio para la Paz y los Conflictos de la Universidad de Pensilvania, en entrevista concedida al diario El Tiermpo el 9 de agosto pasado, que por cierto no ha sido objeto de comentarios y debates, como si lo han sido y lo siguien siendo, valga la crítica, cuestiones de menor calado y trascendencia.
De la referida encuesta se extrajo que los colombianos valoramos los buenos modales en el 90%, la tolerancia hacia otros en el 78% y el sentido de responsabilidad en el 73%, pero inquietan, y con sobrada razón, los niveles de desconfianza institucional que a continuación se enumeran: En el gobierno nacional, el 57%; en los partidos políticos, el 57%; en el Congreso de la República, el 55%; en la policía, el 54%; en la prensa, el 62%; en las fuerzas armadas, el 45%, y en la iglesia, el 33%. En el cortísimo tiempo que falta para las elecciones del 27 de octubre, si se antepusieran el compromiso, la seriedad y la honestidad al oportunismo, el facilismo y la demagogia, se podría motivar y hacer conciencia sobre el deber ser colectivo, que conduzca indefectiblemente a neutralizar o erradicar el latrocinio y la corrupción en todas sus manifestaciones. El momento es oportuno para desarrollar una labor pedagógica con un mensaje edificador significativo, que cautive al reencuentro ciudadano y lo mueva a imbuirse del sentido de patria y nacionalidad. Ese debería ser compromiso inexcusable como preámbulo de la justa electoral, en clara demostración del respeto y madurez que deberían demostrar quienes hacen política con honor. La frase de Casas Casas nos recuerda que Colombia no puede perder su rumbo, ni la esperanza. La política, como ciencia de gobierno, puede estar errada, pero es corregible. Y una buena práctica para superar los pareceres derrotistas en cuanto a ella y su importancia, es devolverle su calidad aséptica y su valor, pues éste, com o diría Perogrullo, se transmite indefectiblemente a las instituciones. En armonía con el común, así debería entenderse. Pero la mayor responsabilidad es de sus practicantes, de quienes depende el restablecimiento del valor y la confianza institucional. No es de otra. Para luego es tarde. No hay que llorar. Solo corregir.
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