Las elecciones 2019, la democracia y las élites

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Sobre las elecciones del presente año, la resolución 14778 de octubre 11 de 2018, es el acto administrativo mediante el cual la Registraduría Nacional del Estado Civil fijó el calendario electoral para las elecciones territoriales en Colombia, y dentro de él, quedó establecido que la elección empieza desde el primer día del periodo en que se realiza la inscripción de candidatos. Es decir, para este debate, desde el 27 de junio de 2019 y hasta el 27 de octubre de 2019, último día en que se realizan las votaciones. El acto administrativo de elección se ejecuta, se expide cuando finalizan los escrutinios departamentales, punto de techo de lo que llamamos Democracia Participativa, aunque en nuestro sentir, no es solo participativa, sino también democracia representativa, o la combinación de ambas.
Según el maestro Giovanni Sartori, hay distintas clases de democracias, pero respecto de aquel optimum especifico en el microcosmos social, “la Democracia Política, es entendida como la reducción de las múltiples voluntades de millones de personas a un único comando social”(Sartori,1994, ¿Qué es la democracia? Pág. 21). Es decir, la democracia en los debates electorales radica en que, es ese momento que el pueblo como fuerza coercitiva por un instante, y solo por ese instante, goza del poder prevalente para decidir sin que su comportamiento, bueno o malo, cause siquiera un gramo de discriminación en razón de su filiación, raza, credo, o preferencia sexual. Y no es discriminada ni reprochada porque los políticos esperan que esa masa delegue, transfiera o abdique su soberanía mediante el voto.
Las elecciones por su parte, deberían tener un carácter meritocrático, es decir, habrían de elegirse los que se presume son calificados y capaces porque ello comporta a los mejores, al tenor de la teoría de Vilfredo Pareto, que se funda en la calidad, aptitud y disposición del candidato para ser elegido. Aunque en la práctica esa democracia de que hablamos arriba, se utiliza para que la mayoría heterogénea y solidaria legitime el poder de una simple minoría, que muchas veces no merece ser elegida y que Gaetano Mosca (1923) reprocha en su obra “los elementos de la clase política” porque distingue sobre todo alguna clase política que en lo posible trata de entregarle a sus herederos sin méritos y sin arraigo popular, el dominio sobre esa masa, convirtiéndose en tanto, en una elite gaseosa de poder.
Ahora bien, van emergiendo élites sectarias también, exclusivistas que únicamente favorecen sus propios puntos de vista y solo defienden sus propios intereses, en contravía de lo que el concepto de elite realmente simboliza y que nació en Francia con el objeto de hacer respetar la demanda de aquellos quienes ejercen el poder, para que fueran escogidos como soñaba Vilfredo Pareto “por sus virtudes y sus méritos en el campo” y no por orden testamentaria.
En Colombia vemos candidatos que salen de la nada, sin un periodo de dedicación política para crecer en los partidos y poder representar su filosofía; sin un trabajo social para mostrar a los votantes y poder solicitarles el voto sin sonrojarse; sin poseer atributos morales, académicos, técnicos o intelectuales para su gobernanza; sin haber sacrificado parte de su tiempo para crear buenos ambientes y mejorar la calidad de vida de sus congéneres. Se presume que la única particularidad necesaria es la de su relación cognaticia con un cacique, o por su “boyante” situación económica, elementos radicales éstos, para recibir hoy un aval aquí.
Lo anterior demuestra las debilidades de los partidos en Colombia y una democracia sin partidos fuertes se debilita desde su núcleo, porque el sistema queda sin brújulas definidas. Contrario sensu, si los partidos políticos son fuertes, los administradores públicos se vuelven más cuidadosos en su forma de gobernar, porque tendrían el necesario Control Político dirigido por las bancadas elegidas en las corporaciones públicas y porque los partidos, incluyendo el del mandatario de turno, serían los primeros en reprochar los malos manejos sobre los bienes del Estado.

Por ende, no debemos sustraernos de los principios universales de convivencia y desarrollo de la humanidad como que: sin libertad no existe autonomía; sin autonomía no se generan derechos; sin derecho no habrá responsabilidad y sin estos presupuestos no es posible la democracia, aunque se piense que la misma es apenas un simbolismo electoral.
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