Aniversarios

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Los aniversarios los celebramos para recuperar la memoria íntima o los recuerdos que tienen que ver con aquello que los nacionalistas llaman la patria. De cualquier manera, en un país desvencijado y aparatosamente sin memoria es, de todas formas, una contradicción que el acontecer histórico y diario del país sea solo un registro de libros y títulos de la prensa escrita, mientras lo personal le toma la delantera. Son entonces, más importantes las fechas íntimas que las de la patria. Y no sé qué tan afortunados somos por este hecho. Las mujeres son más ceremoniales con las fechas íntimas y les rinden mayores tributos a los recuerdos familiares. Yo las envidio, como envidio al muchachito de la cuadra, Alcides, que es capaz de guardar en su prodigiosa memoria un poema solo escuchándolo en la puerta de mi casa. El 31 de agosto cumplió mi padre, el chino Conrado, 17 años de muerto. A mi memoria vienen sus maldiciones y las vilipendiadas malas palabras y, sobre todo, el recuerdo aquel: “Hijo, vamos a vernos una película.” Él era un extraordinario mecánico de autos, que llegaba a las siete u ocho de la noche cargado de panes para regalarlos en la cuadra y, además, con un cargamento de naranjas o panela para soportar las películas de gánsteres de la televisión colombiana. Su palabra preferida, cuando algo le fascinaba, era Bacano(a). “Hijo, hoy vamos a ver una película bacana.” El sol, ni la gasolina, ni la grasa ni el hierro de las máquinas que arreglaba, pudieron domesticarle su espíritu solidario. Al taller, ubicado en el célebre Barrio Chino de la ciudad de Barranquilla, llegaban algunos sujetos esposados, que mi padre en su inocencia mecánica despojaba de esa herramienta policial. A los pocos días había que rescatarlo con abogado a bordo de las duras prisiones de la ciudad. Nunca se rindió, le parecía absurdo que un hombre, como los pájaros, fuera prisionero de “Las trampas” para humanos. Mi padre fue un hombre singular, un ser atópico para los desconocidos, pero para nosotros, sus hijos, era una especie de dios, capaz de solucionarle a todos nosotros sus necesidades apremiantes. El chino no sabía leer, pero fue capaz de donarme los periódicos El Tiempo y El Espectador todos los días cuando yo apenas cursaba quinto de bachillerato y por supuesto, los libros de sociología que la universidad exigía. No solo era inteligente con las máquinas de hierro, era inteligente con la familia, con los vecinos y con sus hijos. Hoy llamamos a esta habilidad de la inteligencia, Inteligencia Social. Fueron mis primeros contactos con los libros en una parroquia que carecía de verdaderas bibliotecas. Y desde aquellos días amados, los libros no faltan en mi casa. Tengo biblioteca por él. Es su mayor herencia espiritual. Él abrió el camino para ayudarme a ser hoy quien soy. Toda una revolución en un mundo adánico, aldeano, dedicado más a la agricultura y a creerle más a los ciclos de la luna, que a los libros. Ese era mi padre, Pedro Nolasco Conrado, quien murió en un día final de agosto del 2002.
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