Entre el concepto de educación y el de formación existen estrechas conexiones. Pero, el hecho de que existan estrechas conexiones no significa que no haya que distinguir entre estas dos importantes conceptualizaciones. Siempre que alguien se esté educando, a su vez necesita de su complemento que lo da el inacabamiento del ser humano a través de la formación (Mora, R. Prácticas curriculares, cultura y Procesos de Formación. Segunda Edición. Ediciones Universidad Simón Bolívar. Barranquilla, 2012). Por ello es aconsejable manejar el concepto de formación como aquel que profundiza en la sensibilidad del ser humano inacabado: por eso las instituciones educativas en sus misionalidades lo invocan, lo que presupone la vigencia de la corresponsabilidad con el de educación, el cual justifica la aceptabilidad de la formación como necesidad en el desarrollo de las fortalezas hacia las sensibilidades, sentimientos y emociones con el de los saberes para con los otros (destrezas, habilidades).
El concepto de formación es el concepto gravitante en los procesos escolares, es el concepto supremo presente en una misionalidad. Por lo tanto, comparte todos los problemas del quehacer cotidiano de escuelas y universidades. Es uno de los conceptos básicos del campo intelectual de la educación, si es que no es el concepto básico por excelencia de este campo. La expresión “formación integral”, tiene su lugar fijo (los espacios de interacción con los otros: la escuela y universidad). Su utilización en estos ámbitos está caracterizada por el hecho de que es usada en lo referente para indicar, que una persona está formándose permanentemente, porque es inacabada. Entonces, no puede sorprendernos por ejemplo, que casi un ochenta por ciento del articulado de la Ley General de Educación o ley 115 de 1994, cabalga sobre este concepto, en tanto es básico para el desarrollo de ella. La definición de este concepto incluye decisiones sobre el objeto y el camino para lograr su plausibilidad, es decir, sobre el carácter en el campo educativo: siempre habrá que fundamentar su aseveración, para entender el sentido de la formación, como ese acto con el que se organiza, se jerarquiza y se seleccionan los nutrientes para la mejor formación de los estudiantes, como esa expectativa de comportamientos y actitudes, como ese imperativo de modelo que es realizado por luna institución educativa, lo cual tiene como consecuencia una reacción social: la sociedad dirá esa institución formó buenos ciudadanos integrales, es la regla social por excelencia, que como impronta tiene la escuela y la universidad.
Por otra parte, la conveniencia de buscar horizontes formativos que, por una parte, sean lo suficientemente fuertes como para constituir la base de las consideraciones de un Proyecto Educativo, y por otra, lo suficientemente débil como para ser conciliable con el mayor número posible de decisiones en el indicado campo de problemas de un determinado contexto. Estas exigencias las satisface un Horizonte de Formación, conciliable con las tensiones y rupturas de una sociedad (Mora, R. Diccionario de Educación. Ediciones Universidad Simón Bolívar. Barranquilla, 2008). El punto de partida de este Horizonte de Formación lo constituye la distinción de cómo lo asume una institución educativa. Esto pone de manifiesto que el concepto de formación es el concepto primario con respecto a la misión de una institución. Por ello, es aconsejable buscar los criterios para la identificación misional de una institución en el nivel del enunciado de sus principios y valores. Este criterio nos ayuda a formular la pirámide axiológica institucional, de la cual en su construcción deben estar identificados esos principios y valores con los cuales se piensa el Horizonte de Formación presente en la misión de la institución.
Esto conduce a la cuestión de saber qué significa este horizonte y cómo puede reconocérsele como enunciado axiológico en los procesos de enseñanza y aprendizaje. A la primera pregunta pueden darse respuestas tales como que es el sentido guía de una institución educativa. A ello cabe responder que la exigencia de esta guía de sentido conduce a su identificación y reconocimiento y, por consiguiente a la satisfacción misional. Esto significa la imperatividad de esta guía en el enseñar y en el aprender, y, para ello, el docente y el estudiante en dialogo permanente intentarán identificar los valores y principios de la guía formativa desde sus autonomías: esto le da una estructura de sentido al binomio enseñanza-aprendizaje. A la segunda pregunta, es decir, cómo puede reconocerse esta guía misional, por ejemplo, en el actuar de una institución educativa, o en un estudiante, hay que responder que ello puede hacerse tomando en cuenta su contexto. Po contexto habrá que entenderse tanto los enunciados axiológicos de los principios y valores que se encuentran en conexión con esta guía, es decir, con el Horizonte de Formación, como su explayamiento en la sociedad, es decir, las circunstancias y las reglas de su visibilidad en la institución o en el estudiante en su puesta en escena ante la sociedad (Mora, R. et al. Currículo y Pedagogía. Abordajes teóricos y conceptuales para la investigación educativa. Ediciones Universidad Simón Bolívar. Barranquilla, 2017). El que, de esta manera sean indispensables criterios pragmáticos para la identificación de esta visibilidad es lo que constituye la impronta misional de la institución educativa, es decir, es el contenido de significados axiológicos con los cuales la ve la sociedad.
El concepto de formación, que constituye el Horizonte de Formación de una institución educativa bien a constituir su máximo sentido, en tanto expresa un código de principios y valores institucionales, que son los principios y valores de una sociedad, expresados en su Guía Formativa de sociedad, como es la Carta Política (Mora 2012: Prácticas curriculares, cultura y procesos de formación. Como se cita en “Ruta Caribeña”: 2018, 241. Fernández, A. Configuración del campo del currículo en Colombia. Un viaje por la producción escrita de sus autores más representativos. Samava Ediciones E.U. Popayán, 2018). Esto tiene una importancia que debe estar siempre presente en todo acto de enseñar y aprender, en cuanto son enunciados axiológicos, que expresan la última grada antes de presentarnos en sociedad: la escuela y la universidad nos forman, para ser buenos ciudadanos acorde con el mandato constitucional del artículo 95.
La relación del concepto de formación con el contexto se corresponde con el significado que tengamos de “problemas del contexto”. Para aprehender esto, basta decir que con los enunciados de principios y valores presentes en el concepto de formación, se expresa que la formación debe transformar el contexto, porque es ahí donde están los problemas realmente serios para la sociedad (Mora, R. et al. Formación y problemáticas sociales. Hacia la construcción de propuestas curriculares. Ediciones Universidad Simón Bolívar, Barranquilla, 2017). Lo decisivo aquí es considerar formación como transformación de uno mismo y de la sociedad, es su funcionalidad plausible. Entonces, el enunciado axiológico misional de formación expresado por las instituciones educativas ha de ser entendido en el sentido de una proposición de cómo está formando una institución dentro del marco del orden jurídico educativo (NOE), es decir, acerca de cuáles principios y valores están presentes en la formación de buenos ciudadanos.
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