El Poder Legislativo

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El pasado veinte de julio, el presidente Duque instaló las sesiones ordinarias del Congreso. Luego de un recuento de los primeros meses de su administración, hizo un llamado a senadores y representantes para asumir las enormes responsabilidades que les atañen como legisladores frente a las difíciles circunstancias que atraviesa actualmente la nación.
Fue un instante adecuado para recordar aquellas primeras nociones elementales que explicaban la división de los poderes públicos, la función correspondiente a cada uno, su equilibrio y el deseo de conseguir de esta manera los objetivos de la sociedad. Asombraba el balance del sistema y la claridad que parecía existir respecto a la forma complementaria de sus actuaciones. Los miembros del poder legislativo eran los representantes de los colombianos que a través de ellos expresaban sus opiniones y necesidades relacionadas con la marcha del país y sus propios anhelos. Había, además, amplia admiración y respeto hacia los miembros del Congreso y sus condiciones morales y profesionales.
Contrastan estos viejos conceptos con la realidad presente de este órgano del poder público. Para comenzar, no parece representar de manera efectiva a los colombianos. El año pasado, por ejemplo, 11 millones de personas votaron a favor de adoptar medidas concretas que pusieran límite a la corrupción. Sorprendió, pocas semanas atrás, que el Congreso, simplemente, con indiferencia y desgano perdiera la posibilidad de reafirmar este anhelo nacional, como si le importara muy poco la voluntad de los votantes.
Similar comentario conviene realizar respecto a las cualidades que sus miembros deberían ostentar para ejercer de manera idónea su labor. El país es testigo de las acciones inescrupulosas y deshonestas que muchos de sus miembros realizan habitualmente. Priman las ambiciones e intereses personales, con frecuencia alejados de la equidad y del bienestar de la comunidad.
Estos hechos han producido, sin ninguna duda, el desprestigio de senadores y representantes, de las instituciones que representan y del mismo sistema democrático. Faltan de manera grave y permanente a sus deberes mostrándose, incluso, cínicos y desvergonzados cuando se les llama a rendir cuentas o explicar sus conductas.
En estos aspectos radica la máxima responsabilidad de los miembros del poder legislativo. Sin embargo, preocupa el poco tiempo que hay para reivindicarse. Se ha perdido casi por completo la fe y la confianza en ellos. Se plantean ya alternativas para reemplazar sus funciones y hasta las mismas instituciones democráticas. El tiempo se agota. No estamos seguros de que el Congreso pueda recuperar su prestigio. Si así sucediera, las consecuencias serían nefastas para la institucionalidad colombiana.
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