La historia no fue como la cuentan

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Por: Moisés Pineda Salazar

El florecimiento urbanístico y económico de Puerto Colombia, el período de bienestar para las familias de los trabajadores portuarios, se dio después del cierre del Muelle.

Inmersos en la melancolía, los porteños convirtieron en metáforas los recuerdos de
un “pasado glorioso” y los pusieron a circular a través de himnos, escudos, canciones, poemas, cuentos; fábulas con visos históricos, relatos de los testigos de la época, pinturas, murales y maquetas que se convirtieron en una narrativa manipulada que dio soporte a un verdadero fenómeno cultural que se ha instalado en su mente y en su corazón, impidiéndoles ver la realidad.

Les resulta intolerable que se afirme que la Sociedad Urbanizadora del Prado y las
estructuras laborales y prestacionales de COLPUERTOS, fueron las que dieron paso al turismo, a la transformación urbanística y al despegue económico de Salgar
y de Puerto Colombia.

No se acepta que se pueda decir tal cosa toda vez que supone validar la tesis que
sostiene que los años de prosperidad en Puerto Colombia se dieron después de la
Nacionalización del Ferrocarril, del cierre del Muelle, con la subsiguiente suspensión de las actividades portuarias en abril de 1939, y no gracias a ellas, como lo pregonan a los cuatro vientos.

Los Chalets para vacacionar. Barrio Inglés.
Puerto cerrado, Vehículo, Cables de energía. Telégrafo

Decir que el florecimiento urbanístico y económico de Puerto Colombia y que el
período de bienestar de las familias de los trabajadores portuarios, habían acaecido
en un periodo posterior al del cierre del Muelle, para muchos sigue siendo algo más
grave que una herejía.

Aún hoy, es políticamente incorrecto afirmar que el auge de la actividad portuaria
llenó el poblado de casas de bahareque, y mala fábrica, con negocios de comercio,
legal y de rescate que funcionaban a la par con otras actividades “non sanctas” que
nadie quiere recordar tales como: bares, cantinas, coreográficos, garitos, macondos, lupanares y demás actividades al servicio de la marinería en cualquier puerto en el mundo.

No pocos consideran inaceptable establecer esas relaciones que demuestran que
cuando el puerto se cerró, entonces empezó “la época dorada de Puerto Colombia”; la del esplendor en la que los pequeños chalets de madera importados por Don Carlos Dieppa para familias como las de los Zambrano Moreno, hasta las Villas Solariegas en mampostería mandadas a edificar para el veraneo (que es permanente en El Caribe) algunas por el mismo Don Julio Enrique, y otras por miembros de lo más granado de la sociedad que se habían avecindado en El Barrio El Prado de Barranquilla.

De aquella aristocrática sociedad, que vino a residir en Puerto Colombia todos los fines de semana- así lo recuerda el Historiador a Rodolfo Zambrano y lo muestran los registros de propiedad de los que conocemos como El Barrio Inglés, Miramar, Pradomar, Altos de Pradomar, Altos de Salgar y Solymar-formaron parte: Pedro Obregón- propietario de un bien dotado aviario-, Mario Santodomingo- el de la Cervecería Aguila- Luis García, Jesús Hernando Ruiz Quijano, Alberto Lotero, Marco Tulio Mendoza Amaris, José”Pepe” Grillo Vergara, Próspero Carbonell, Bernardo Restrepo Maya, Arturo Manccini , Pedrito Blanco Larssen, las Familias Sarabia- proveniente de Sitionuevo- los Arrieta Amaris, los Marulanda, los Buendia, los Manotas, los De La Rosa, e instituciones como la Cafetería Almendra Tropical propiedad de Don Celio Villalba, el Yacht Club, la Armada Nacional y la Compañía de Jesús, entre otros.

Este amoblamiento urbano en el que florecieron hoteles cómo Viña del Mar, El Esperia, Pradomar, El Estambul, y poco antes, El Atlántico, El Merey y Las Antillas; el de las calles asfaltadas y los servicios de energía eléctrica, agua potable y telégrafo, que antes sirvieron al Muelle y su anexos, hicieron de Puerto Colombia y de Salgar, los lugares preferidos en Colombia para vacacionar y temperar. Fueron Salgar y Puerto Colombia unos balnearios cuya popularidad estuvo por encima de las de Cartagena y de Santa Marta. El patrimonio arquitectónico de aquella época esplendorosa del turismo, con excepción de Pradomar y El Esperia ha sido demolido a pesar de los esfuerzos infructuosos de personajes que como Álvaro Mendoza Arango y y Helkin Núñez Cabarcas han hecho para conseguir que tales bienes sean incorporados por los Concejales y Alcaldes porteños en las Listas Especiales de Protección. Pueden más los intereses y negocios inmobiliarios y los politiqueros.

(https://www.slideshare.net/AlvaroMendozaArango/lista-de-patrimonioarquitectonico-de-puerto-colombia-1 ) (https://upatrimonio.wordpress.com/puertocolombia/sitios/ ) Hacer tal afirmación sigue siendo inadmisible porque se demuestra que aquellas transformaciones urbanas y sociales en Puerto Colombia, nunca hubieran sido posibles sin el desmantelamiento de la actividad portuaria y sin la bonanza laboral del proletariado vinculado al Puerto de Barranquilla, que fue manejado por la Sociedad de Mejoras Publicas y luego vino a ser propiedad de COLPUERTOS, hasta después de 1991.

No quieren aceptar que el ascenso del proletariado porteño y la expansión capitalista en Barranquilla se dieron al tiempo que el vehículo automotor y la “Nueva Carretera”, que había construido el joven Gobernador Juan B Fernández Ortega entre aquella y Puerto
Colombia a un costo de 120.000 pesos de la época, iban reemplazando en costos, comodidad y frecuencias, los servicios que antes prestaba el viejo “Tren de Bañistas”.

Aún hoy no se quiere aceptar que todo este “periodo de esplendor” fue impulsado por el imaginario territorial conocido como el de “Los Balnearios de Barranquilla”, promovido en los años 30’s y 40’s del Siglo XX, por el Filósofo Julio Enrique Blanco De La Rosa, Director Departamental de Instrucción Pública, quien vino a ser el Fundador de la Universidad del Atlántico. Los Blanco De La Rosa, emparentados con los socios de la Sociedad Urbanizadora del Prado, fueron de los mayores terratenientes en el territorio porteño.

#DIARIOLALIBERTAD

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