Nostalgias y fantasías marineras

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Por: Moisés Pineda

Unos “vagones simulados” materializaron una tendencia romántica que llevó a los porteños a creer, ingenuamente, que era posible “volver al pasado”.

El 19 de Mayo de 1950, FRAMAR anunciaba en el Diario “La Prensa” cuál sería el futuro del Muelle de Puerto Colombia: destrucción y olvido.

Un destino imputable a la dirigencia barranquillera que, cómo la de aquellos días, sigue siendo miope, parroquial, despistada e ignorante.

FRAMAR la caracterizaba metafóricamente, a través de la figura del Presidente de una supuesta Sociedad Histórica del Atlántico.

Fue el primer esfuerzo que se hizo en Barranquilla para llamar la atención de la opinión pública sobre un tema del futuro.

FRAMAR no se equivocó en el pronóstico. Ni el diagnóstico sobre las razones del desastre.

Un lustro después, un grupo de ciudadanos barranquilleros, y porteños, demostrando que aún en la mediocridad también hay excepcionalidad, organizados en una Junta, elevaron solicitud ante el Gobierno Nacional para pedir que se protegiera “el Muelle de Puerto Colombia para el turismo”.

Años después, no más de veinte tal vez, el Alcalde Luis García Herreros, un cantante y compositor de boleros oriundo del Corregimiento de La Playa, con el apoyo del Gobierno Departamental, sumando recursos provistos a través del sistema de auxilios parlamentarios, se dio a la tarea de pensar, diseñar y empezar a construir un nuevo mercado público cuyas galerías evocaban las estructuras de los vagones del desaparecido y olvidado Barranquilla Railway & Pier Co. Limited.

De esta manera, además de haber obtenido que los comerciantes salieran de la primera planta del antiguo edificio levantado en 1926, donde funcionaban tiendas de abarrotes (“El Chorrito” antes “El Centenario”, una de ellas) y “piedras” para el expendio de verduras, carnes y pescado, consiguió que esos espacios pasaran a ser ocupados por entidades oficiales y bancarias.

Aquellos “vagones simulados” materializaron una tendencia romántica que llevó a lo porteños a creer, ingenuamente, que era posible “volver al pasado”.

Luego de organizada el Area Metropolitana de Barranquilla, respondiendo a las solicitudes del Alcalde Eduardo Santos Ahumada, esta entidad concurrió con el Departamento y se sumó a las Partidas Nacionales, para la ejecución de un proyecto de embellecimiento del Muelle de Puerto Colombia.

Se recuperaron barandas, se refaccionó la plataforma tapando huecos, retirando obstáculos e instalando un sistema de luminarias de alumbrado público que hizo durante algunos años de aquel espacio público el preferido por los enamorados porteños y por los que llegábamos desde Barranquilla para disfrutar de la ensoñación que producían el entorno marino, el licor y otras hierbas y los grupos de serenateros boleristas que repetían al infinito los versos del “Lamento Náufrago”, la canción de Rafael Campo Miranda que inmortalizó aquel monumento producto del ingenio, del trabajo y de la ingeniería de finales del Siglo XIX.

La presencia de un Garfio Litoral que venía formándose desde los tiempos de la Junta de 1956, y que toda una generación de porteños había visto desde la infancia, ya en la mocedad y edad adulta para la fecha de estas acciones cosméticas, los había convencido de que aquella “franja de tierra” sería eterna y que en algún momento las arenas que por entonces se extendían desde El Cerro de Nisperal hasta la casilla de control del Muelle, y más allá hacia Cerro Cupino, cubrirían el espacio que ocupaba “La Charca” que dieron en llamar, sabrá Dios por qué, “Ciénaga de Balboa”.

Aquel cuerpo de agua, en realidad, fungía como una inmensa cloaca, una gran poza séptica, donde los residentes en el municipio depositábamos nuestras aguas servidas e inmundicias.

La ignorancia de lo que había ocurrido en 1877 y 1886, cuando la “barra de arenas”, que impedía el acceso a Barranquilla por Bocas de Ceniza, desapareció permitiendo que más de 400 barcos de mar subieran por el Río Magdalena; y de cómo, en 1887, volvió a aparecer la tal “barra”, imposibilitaba entender el fenómeno de los Garfios Litorales.

La visión parroquial del tema portuario, impedía entender cómo aquella década de “apertura natural” de las Bocas de Ceniza había suscitado una prioridad política nacional en relación con el propósito de posibilitar una “comunicación fluida” entre el río y el mar.

Un cierto “historicismo” poco riguroso, no nos permitía saber que en Colombia desde 1906 se había asumido, como expresión de competitividad y globalización buscar hacer lo mismo que se había hecho en los modernos puertos de Nueva York, donde desemboca el Río Hudson en el Atlántico; en Nueva Orleans donde el Missisipi vierte sus aguas en el Golfo de México; en Hamburgo y en Londres donde los ríos Elba y Támesis desembocan en el Mar del Norte; si ya se había hecho en la desembocadura el río Charles en la bahía de Massachusetts donde se asienta el Puerto de Boston y en Rotterdam donde el Mosa lo hace en el Canal de la Mancha, entonces ¿qué de extraño tendría hacer lo mismo en la desembocadura del Magdalena en el Mar Caribe?

Quizás la ignorancia, el parroquialismo y el historicismo, expliquen por qué, a pesar de la realidad incontrovertible, en medio de la desesperanza, o quizás por la magnitud del desaste material, económico y espiritual que se vivía en Puerto Colombia, hablábamos de playas coralinas, islas, bahías, albuferas, ciénagas y otras formas litorales, y de mar interior, que nunca existieron, pero que todos dábamos por ciertas y desaparecidas.

Todo aquello lo resumíamos en el imaginario de: “Puerto Colombia, el Rodadero del Atlántico”.

¿Cuáles fueron las razones para la formación de esta “cultura de la nostalgia” romántica y su mutación a una de “la ensoñación”, mítica y fantástica?

#DIARIOLALIBERTAD

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