Las generaciones del desperdicio

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En tiempos de la revolución tecnológica, ésta que estamos viviendo, se nos antoja todo aburridísimo. Desde lo que debemos enjalmarnos como vestido, hasta la manera de preparar unos huevos revueltos; todo está en la red de internet. Sin embargo, y muy a pesar de lo intercomunicado que estamos, diríamos, hipercomunicados, por utilizar un prefijo bastante manoseado en los tiempos que corren – las generaciones hijas de la tecnología denominados por la nueva sociología como millennials y centennials, continúan viviendo en el pantano de la inopia mental, una especie de parálisis cerebral generalizada que no permite que la gente joven, cree, construya pensamiento y análisis, y mucho menos, desarrolle capacidades o como llaman hoy, competencias, para entender el mundo y hacerse partícipe de esta revolución en la que la información y la comunicación, tienen al planeta convertido en una pequeña aldea.
Los viejos, los que nacimos en el siglo XX, usuarios y consumidores del papel, y por ende copartícipes indirectos pero con mucha responsabilidad en la deforestación terráquea, logramos con mucha técnica y poca tecnología sobrevivir y avanzar en la comprensión de todo esto que nos rodea tanto en lo físico como en lo humano, aportando soluciones a los problemas que se nos venían presentando en el devenir de la existencia. La humanidad desde sus inicios no ha cesado de pensar y escudriñar en el conocimiento, para extraer el sentido, el significado de lo que tiene como escenario incluido el propio. No obstante, hoy en plena era de la información, por ejemplo, la desinformación es pan de cada día, la incapacidad de hacer inferencia y así relacionar hechos con presaberes, es tan profunda que las generaciones hijas de la tecnología parecieran estar amarradas a un yunque en las profundidades de un inmenso océano, que no permite a sus cerebros dejar emerger las ideas y que éstas conozcan el brillo de las palabras. Precisamente, la palabra ha sido otra damnificada a propósito de la revolución tecnológica. Las nuevas gentes, los nativos digitales no hablan, no quieren hablar, o no saben cómo hacerlo. Sus discursos bastante parecidos entre sí, no tienen mayores variaciones en su construcción oral aunque las edades cronológicas nos indiquen que deberían haberlas, pero la realidad es que lo que expresan en su forma y contenido está plagado de una atroz mediocridad, que no se compadece con los tiempos que vivimos. Lo peor es que en lo que escriben la situación no cambia, muy a pesar de vivir atados, diríamos que en una relación de siameses con sus móviles y ordenadores. Podemos afirmar entonces – que las nuevas generaciones tienen incapacidades en su mayoría para lograr edificar pensamiento estructurado, no hablan porque sus cerebros están imbuidos de las imágenes producidas por lo que Mario Vargas Llosa llamó: La sociedad del espectáculo, una sociedad donde lo que debe imperar es el consumo de la industria del divertimento, donde no hay derecho a pensar, o mejor dicho, la avalancha de sucesos y productos lúdicos virtuales no permiten pensar, especialmente a la gente joven, y con ello necesariamente el advenimiento de generaciones completas de incompetentes para pensar y hacer, para analizar e inferir, y por ende, de incompetentes para entender cómo funciona el mundo.
Los ideólogos del capitalismo, por fin encontraron una fórmula perfecta y no violenta de incautar cerebros en masa. El uso de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, y el desarrollo de verdaderos emporios industriales del divertimiento han logrado aniquilar la posibilidad de crear pensamiento, especialmente, pensamiento estructurado y crítico.
Lo que debió ser el agigantamiento del pensamiento con herramientas tan versátiles como las que nos permite la tecnología de hoy, se convirtió en una máquina esterilizadora de cualquier probabilidad para que germine una idea. Todo se reduce a que la gente use las tecnologías para todo, menos para producir ideas, y mucho menos, para difundirlas a través de la palabra. Dos ejercicios elementales que fueron decisivos en la evolución humana, hoy han empezado un recorrido hacia su destino indefectible: los anaqueles del olvido histórico y la mutación genética.
Esta sociedad será necesariamente homogénea – y sus nuevas generaciones pasarán a la historia como las generaciones del desperdicio.

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