La verdadera Alegría

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Después de pasar un tiempo con Jesús, algunos de sus discípulos fueron enviados a la misión. Ellos recibieron instrucciones precisas sobre lo que iban a hacer. Desde un principio quedó claro que la misión no era de ellos y por lo tanto el desarrollo y el éxito de ella dependía casi exclusivamente de quien los enviaba.
Los discípulos fueron y cuando regresaron dijeron que efectivamente la misión había sido un éxito. Eso los dejó muy felices y contentos; más cuando Jesús percibió la alegría, tal vez un poco excesiva, de los misioneros aprovechó para enseñarles que si bien podían alegrarse de los éxitos obtenidos no podían olvidar que la mayor alegría del misionero que colabora en la obra de Dios es saber que su nombre está escrito en el cielo.
Las alegrías del mundo producto de los éxitos obtenidos son temporales y duran lo que dura el momento de triunfo y de victoria. Cuando llega el fracaso, el dolor, la angustia y la tribulación la risa no aparece, los aplausos no se escuchan, la alegría acaba. Saber que Dios nos ama como hijos, que podemos colaborar para engrandecer su obra, que nuestros nombres están en la lista del cielo… nos produce una alegría que no acaba, que permanece siempre, que nos llena de confianza y tranquilidad.
Los que trabajan em la obra de Dios, sus misioneros, no sólo están felices porque sus nombres son conocidos en el apartamento azul de encima sino que viven alegres porque con su compromiso misionero pueden ayudar para que otros nombres de familiares, amigos y conocidos también puedan hacer parte de esa gran lista del cielo. La alegría es grande cuando sabemos que Dios nos salva, pero la alegría es inmensa y plena cuando sabemos que a través de nosotros Dios puede salvar a otros.
El mundo de hoy nos seduce para que procuremos que nuestro nombre esté em la lista de los exitosos del mundo, en la lista de la revista Forbes, en la lista del salón de la fama em Hollywood, en la lista de las realezas sobrevivientes del mundo moderno, en la lista de los récord güines, en la lista de las talentosos, de los triunfadores y de los astutos… Mas esas listas, no necesariamente malas, no dan plenitud, no ofrecen seguridad por mucho tiempo, son artificiales y así como un día entramos en ellas, un día también salimos.
Sería interesante y osado querer estar y permanecer en la lista de Dios, en la lista del cielo, en la lista en que están los mejores seres humanos que ya pisaron este planeta, los que se comprometieron en la lucha por la paz y la justicia, los que arriesgaron el pellejo por defender la verdad, los que nunca se le arrodillaron a Satanás para merecer sus ofrecimientos, los que mantuvieron la fe y la confianza aún en medio de tormentas y huracanes, los que donaron su vida para otros conservaran la suya, los que siempre respetaron, siempre trabajaron, siempre perdonaron, siempre esperaron, siempre amaron. Ellos son felices no tanto por lo que hicieron sino sobre todo por lo que dejaron que Dios hiciera en ellos.

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