El cambio que necesita la educación

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La sociedad del cambio, en la que estamos inmersos, permite que nos preguntemos y analicemos qué tanto puede cambiar la educación; ¿Cómo se puede enseñar hoy? ¿Debemos usar listas de asistencia? ¿Podemos pedir que un texto sea estudiado de memoria? ¿Evitamos el uso de los celulares en las clases? Estos interrogantes apuntan a que el sistema educativo necesita un cambio a corto y largo plazo: hace pensar que hay estudiantes malos, cuando en realidad hay metodologías que no se adaptan a cada persona; se enaltece a un profesor que tiene publicaciones en revistas indexadas, pero se olvida evaluar si sus estudiantes están aprendiendo o se duermen en clase; y la rigidez de muchas universidades y colegios evita que sea el estudiante el que decida qué quiere aprender, cómo y en qué momento.
En Colombia, por el contrario, seguimos dando “palos de ciego” y cada vez estamos más confundidos a nivel curricular: se trabajan más de quince asignaturas por año, atomizadas y con contenidos en general impertinentes. En formación hemos asumido la ruta más costosa y la que menos impacto genera: enviar a los docentes a tomar maestrías, cuando todos los estudios han ratificado una y otra vez que esto no impacta la calidad en la educación básica. Y pensando de manera fragmentada, hemos iniciado la jornada única sin cambios en el currículo ni en la formación de docentes (Prácticas curriculares, cultura y procesos de formación. Segunda Edición. Ediciones Universidad Simón Bolívar, 2012). Ninguno de nuestros dirigentes ha hecho propuestas sobre formación inicial y permanente de docentes, educación rural, evaluación o currículo y estos son algunos de los cuellos de botella más graves que se necesitan solucionar de la educación actual.
Por fortuna, los profesores ya no son los dueños de la verdad, la educación es cada vez más horizontal gracias a que la tecnología y los salones de clase, virtuales o presenciales, sirven de escenario de debate entre estudiantes y profesores, sin jerarquías y sin miedos. Allí, los celulares y las redes sociales no son los enemigos a vencer, sino las herramientas a utilizar para que el proceso de aprendizaje sea más completo y se adapte a la forma de consumir contenidos que se tiene hoy (Mora, R. et al. Formación y problemáticas sociales. Hacia la construcción de propuestas curriculares. Ediciones Universidad Simón Bolívar, Barranquilla, 2017). Claro, la buena enseñanza sabe equilibrar de manera justa las posibilidades de lo tecnológico, con los recursos de la experiencia fuera del aula.
Además, una buena educación permite que los estudiantes entiendan que todo en la vida no es trabajar, que tienen que destinar un buen tiempo al bienestar, a descansar, a reír, a hacer deporte, a bailar, a compartir con los amigos; y así, en medio de una conversación, de una fiesta, de un día al aire libre puedan pensar en nuevas ideas que promuevan su creatividad. Las universidades y colegios de hoy tienen que dar la suficiente libertad a los estudiantes para que ellos decidan ir a clase por pasión y no por una nota; a trabajar porque quieren ser felices y no porque buscan solo ganar dinero; y también, a ponerse límites cuando es necesario y deban decidir por el bienestar colectivo y no individual.
Pero también la educación es la responsable de crear ciudadanos críticos, que no coman cuento de las mentiras de los medios, de las órdenes de los cínicos y de las promesas de los políticos. Los estudiantes tienen que saber cuándo alzar la voz para decir que algo está mal, que es injusto y que no puede seguir así (Mora, R. et al. Currículo y Pedagogía. Abordajes teóricos y conceptuales para la investigación educativa. Ediciones Universidad Simón Bolívar. Barranquilla, 2017). Tienen que ser el cambio porque son una generación que entiende la diferencia de colores, razas, orígenes y oportunidades, y así logran ser incluyentes para construir una mejor sociedad. Ellos, los que un día reemplazarán a los corruptos que aún se eligen en el escenario político, serán jefes, dirigentes, empresarios y profesores que tendrán una visión distinta sobre los temas ambientales, culturales y sociales.
La educación necesita un cambio y fueron los estudiantes los primeros en entenderlo. Ahora, las universidades y colegios tendrán que dejar de pensar tanto en los ranking y en su ego como instituciones, para empezar a demostrarle a sus estudiante por qué la “platica” que está invirtiendo no se está perdiendo y que más que empresas educativas son instituciones que buscan formar mejores ciudadanos, capaces de ser críticos con el presente para poder un construir un país más justo y equitativo en los próximos años.
El país sigue a la espera de que los recursos que se están liberando de la guerra se inviertan en educación y en ciencia; y de que iniciemos una verdadera revolución pedagógica en la formación de los docentes y en el replanteamiento estructural del currículo en la educación básica y media. Seguimos también en deuda con el derecho de los jóvenes a su educación superior y de garantizarles a los niños la educación inicial de calidad, independientemente de su condición social, económica y regional, tal como se establece en la Ley General de Educación de 1994 (Mora, R., et al. La Gestión Curricular como investigación para el desarrollo y fortalecimiento de los procesos de formación en organizaciones educativas. Ediciones Universidad Simón Bolívar, Barranquilla, 2017). Para seguir ampliando el derecho, como exigen las democracias, necesitamos que la sociedad civil asuma un rol más protagónico y les exija a sus candidatos y próximos gobernantes un compromiso serio y a largo plazo con la educación. Desde el Caribe, nuestro contexto, la comunidad de académicos del campo intelectual de la educación, está pensando, configurando y organizando, lo que ellos llaman una “Plataforma Educativa” con la Misión de Sabios de Educación para la Región Caribe, propuesta esta que está liderada por investigador y docente universitario Reynaldo Mora Mora: pronto veremos sus frutos
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