William Tesillo

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“Un pueblo que no sienta la extravagante dicha del fútbol, está a punto de perecer por algo, de morir por la ausencia del gol.” P.C
Los que amenazan a William Tesillo, jugador de la selección nacional, que erró sin desearlo un penalti, creen que matar y morir es muy fácil en Colombia. Ya pasó con el defensa nacional Andrés Escobar. También pasó con Álvaro Gómez, Jaime Garzón, Luis Carlos Galán, Jaime Pardo Leal, con la UP y ahora con los líderes de tierra y los defensores de los derechos humanos.
El fútbol parece ser apenas una historia de violencia de los años 90. Sin embargo, detrás de los balones, las piernas y la fanaticada, se esconde el perturbado espíritu del colombiano. El fútbol es apenas una excusa, la fotografía para la prensa.
Antes de las redes sociales la patanería, la violencia y el crimen ya eran historia en Colombia. Porque el siglo xx fue eso, un mar de violencias patrióticas. Y eso es el fútbol hoy, un cuadro de fanáticos perturbados, que han convertido el balompié en la excusa perfecta para mostrar sus resentimientos sociales y el dolor de vivir solo con el artificio del concepto patria. Los ejemplos cunden en Bogotá, en Santa Marta y en todo el territorio nacional. Uno no puede ir al estadio a morir, ni puede ir solo para ver ganar a su equipo del alma. Nadie tiene que morir por ver rodar un balón en una cancha verde, porque el balompié no es tan importante para la vida de uno. Apenas es un negocio capitalista. Quien no lo comprenda, no gozará la diversión ni la belleza del juego.
La discusión de un partido de fútbol nos margina del desastre colectivo, nos agita hasta darnos la estatura docta que anhelamos: soñamos con la huidiza tesis. Entonces, insensatos, creemos arreglar el mundo.
¿No es mejor, me pregunto, embriagarnos en la derrota de un partido de fútbol y hacer una fiesta con el fracaso del seleccionado patrio hasta agotarnos como nación?
El fútbol es el último disfraz, el parapeto para ocultar nuestra mediocridad. Nada como el fútbol y su mueca colectiva para las bromas. Sin embargo, cada partido de la selección nacional es un mar de euforias y éxtasis. Veinticuatro horas de expectación futbolística nos llevan al cielo. Pero el juego mismo es la verificación de la derrota, la agonía suspendida en la desesperación. El futbolista nos encarna mejor que nadie, y querámoslo o no, su mediocridad es nuestra derrota porque la nación, ese modelo de impotencia y muerte provocada, lo ha adoptado como su único hijo.
¿Hasta cuándo dejará el fútbol de ser otra excusa para la muerte? ¿Tiene razón el escritor Fernando Vallejo que es mejor el exilio que refundar la patria? ¿Tiene pensado Tesillo no volver más nunca al país? ¿Es más importante la esférica que su familia y su país? La nación debe reflexionar seriamente sobre estas nuevas amenazas y el Estado preocuparse por la vida de los colombianos. El tema es serio y es de vida o muerte.
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