Ciudad en riesgo

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Entre 1966 y 1970 hubo un presidente de Colombia que fijó sus ojos en Cartagena, y en una de sus visitas a la misma no tuvo inconveniente en bajarse del vehículo particular en que se movilizaba por la avenida San Martín, del barrio Bocagrande — un chevette propiedad del gobernador de Bolívar, Donaldo Badel Buelvas — para ayudar a desvararlo, empujándolo, pues había sufrido un atascamiento en el barrizal en que estaba convertida la vía. Fue insólito, pero cierto. Era la primera o segunda visita que hacía a la ciudad como jefe de Estado. Desvarado el automotor, le dio las gracias al camarógrafo y a un periodista que lo ayudaron, se sacudió sus zapatos untados de lodo y volvió a abordarlo. Ahí comenzó una nueva etapa para la ciudad, que en la mayoría de sus barrios carecía de alcantarillado sanitario, acueducto, calles pavimentadas y sus baluartes, cortinas, fuertes, castillos y murallas acusaban notable deterioro causado por el sol, la salinidad, el transcurso del tiempo y la falta de recursos para restaurarlos. Ese presidente fue Carlos Lleras Restrepo, quien tiempo después, ante una amenaza de alzamiento tras las elecciones en que se escogió a su remplazo, los colombianos observamos cómo le puso fin a la furrusca que se formó a medida que se iban conociendo los resultados de la votación transmitidos por radio. A través de la televisión ordenó que dentro de la hora siguiente a su mensaje, quienes estuvieran en las calles debían regresar a sus casas o atenerse al rigor de la autoridad marcial.
Desde el 7 de agosto de 1966 los planetas se alinearon en favor de Cartagena. Se mejoraron los servicios públicos. Fueron pavimentadas calles entre éstas la avenida en donde se varó el automóvil que Lleras Restrepo ayudó a empujar. Se construyó el hospital naval en Bocagrande, que antes estuvo localizado sobre el baluarte San Francisco Javier, frente al convento de Santa Teresa, en donde ahora funciona el hotel del mismo nombre. A las Empresas Públicas Municipales, que tenían a su cargo los servicios de agua, luz, alcantarillado, arborización, bomberos, reparación de vías y mantenimiento de parques, le fue construido un edificio en el sector La Matuna. Y hubo más. Fue construido el edificio del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, en el barrio Olaya Herrera, y se inició el gran proyeto urbanístico de la zona norte, que en administraciones siguientes hicieron posible la erradicación pacífica del barrio de Chambacú, bajo la dirección de Reynaldo Martínez Emiliani, como gerente del Instituto de Crédito Territorial, y la reubicación de sus habitantes en las urbanizaciones Las Lomas, República de Chile y República de Venezuela.
Carlos Lleras Restrepo, sin que lo intentara después de finalizado su mandato, soñó ser alcalde de Cartagena, y así lo dijo en alguna ocasión al historiador Donaldo Bossa Herazo, pues visionaba la ciudad como un centro turístico de vasta proyección internacional, como desde óptica distinta también lo imaginó otro expresidente, Eduardo Santos, cuando en compañía de su esposa Lorencita Villegas, y ya fuera del palacio de San Carlos, disfrutaba de paseos en coche por las calles del centro amurallado, con paradas en el periódico El Universal de la calle San Juan de Dios, para visitar a su amigo Domingo López Escauriaza. La Cartagena subsiguiente, hoy con hoteles, restaurantes, grandes y modernos edificios, zona portuaria de primer orden, astillero naval, establecimientos industriales y de comercio, carga el peso de la miseria y el desempleo que crecen en la medida que llegan desplazados por la violencia y la diáspora venezolana. Pero esto lamentablemente poco importa a quienes dicen amarla y no lo demuestran, porque sus ambiciones personales sobrepasan toda imaginación y la miran como botín, a la usanza de cuando en su rada aún había carabelas.
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