Un viaje alrededor del cuarto

0
227

Y leo un libro a pedazos cuando tiene miles y miles de palabras y variadas voces. Cada mañana antes o después de cinco o cada noche, antes o después de nueve. Es una lectura fragmentada, discontinua, pero con unidad temática. En cada instante converso con el autor y los personajes de la novela, en este caso de Murakami: “La muerte del comendador.” Ayer y hoy, libros gordos de escritura y sabiduría literaria: La rayuela de Cortázar o Cuentos completos de Rosero. ¿Cómo lo hace? fue la pregunta de una jovencita de colegio, que me confiesa atribulada, que no lee nada. No la compadezco, porque la lectura es un vicio peor que el amor muerto de celos. Le digo que ella es más libre que yo porque puede ver el cielo raso de su cuarto acostada, mientras pasan imperturbables las horas, o puede quedar hipnotizada por la luz fosforescente de la pantalla de su celular, o dormir de corrido cada día sin mortificaciones. Puede pasar el domingo sin la preocupación de no haber leído los periódicos del día, escritos o tecnológicos. Y no sentir nada. Me refiero al remordimiento, ese sentimiento autodestructivo y casi religioso, parecido al pecado. Sí, puede hacer lo que quiera, menos aprovechar la conducta o la habilidad aprendida de leer. Yo, por el contrario, debo planear mi vida según las reglas del tiempo de trabajo y las horas libres para poder alimentar mi vicio lector, mi pasión de vida, mi identidad, mi personalidad. La lectura es el alimento del espíritu. Sin ella podemos ir al cine, a un partido de fútbol o realizar una caminata por el parque del centro. Pero será solo eso, un paseo, una mirada pobre, sin inferencias, sin referencias lectoras, sin intertextualidad. Leer es visitar con la imaginación las ciudades de papel de los libros por leer. Caminar sus calles, escuchar las conversaciones de sus personajes, o entrar a la alcoba y recordar en “Dublinesca” de Enrique Vila-Matas a Pascal “que dice que todas las desgracias nos llegan porque somos incapaces de quedarnos quietos en un cuarto.”
En mi caso es la lucha contra el reloj y no contra el tiempo, contra el mal uso de mis horas libres y contra la tentación de la imagen o de la oralidad, contra ese vicio de la nadería. Leo por capítulos o en el caso de Rosero por cuentos, a un ritmo pausado, lento y sin la premura consumista de aquella sentencia universal: “Apúrate, que te alcanzo.” Comparto el tiempo rentalizado de la contemplación del mundo aristotélico. Mi vida ha dejado ser una competencia. Ahora soy más contemplativo, incluso en las conversaciones con los amigos. No hay nada que ganar ni perder.
[email protected]

Comentarios