Miren ustedes que en el año 2014, siendo profesor de competencias comunicativas de una de las universidades de la ciudad, encontré a jóvenes sin el más mínimo apego al ejercicio lector. En ellos era evidente que durante toda su vida, no solo académica, sino, cotidiana, la lectura como trabajo para encontrar sentido era una actividad a la que nunca brindaron el más mínimo interés, muy a pesar de estar ya por el sendero de la educación superior.
Lo más grave de todo era que la universidad que me contrató tenía urgencia por mejorar los niveles de lectura y de escritura en sus diferentes programas, pues denotaban desde hacía bastante tiempo esta falencia de un porcentaje alto de su población estudiantil, y estaba claro que la incompetencia para leer textos y lograr extraer de ellos algún sentido era clara, lo mismo que la incapacidad de construir textos donde se evidenciara el pensamiento propio sobre cualquier tema, muy a pesar de que se suponía que dicha población ya estaba en niveles de lectura crítica tal y como ordenan los cánones de los procesos lectores y la teoría existente sobre este particular.
Cuando iniciamos actividades nos encontramos con unos bajísimos niveles de inferencia en esta población de estudiantes. De igual forma, el ítem imperante estaba marcado por la literalidad, el nivel más bajo dentro del proceso lector, como quiera que corresponde a la forma primaria como en el comienzo de nuestra vida escolar y de desarrollo mental, iniciamos la comprensión y significación del mundo.
En el 2016 en actividades de docencia en un colegio del sur de la ciudad, también, y en esta ocasión, la situación podríamos decir era elevada a la enésima potencia, los niveles de literalidad en muchachos adolescentes de dieciséis y hasta dieciocho años era tan acentuada que en diferentes discusiones con los directivos docentes del establecimiento educativo en mención – esgrimimos el argumento de que allí no se podía pretender exigir a los docentes que produjéramos pilos, estando vigente esta modalidad de estímulo estatal para los jóvenes estudiantes que obtuvieran puntajes altos en la prueba saber Icfes para la época, y que por el contrario, lo urgente y necesario estaba en iniciar todo un proceso buscando en primera instancia, construir la tradición lectora en todos los niveles o grados del colegio hasta lograr escaño por escaño, poder obtener al final estudiantes con un nivel crítico de lectura, requisito indispensable para tener éxito en dichas pruebas.
A este servidor se le ocurrió, previo diagnóstico, iniciar con una estrategia bastante sencilla, pero que requería algún esfuerzo creativo y dedicación para su implementación en cada clase nuestra, consistente en escribir sobre el tablero un cuento breve, algunos contados de forma diferente a la original, buscando de una manera disimulada que aquellos jovencitos sin ningún hábito lector necesariamente tuvieran que leer en cada clase, porque además, las explicaciones y discusiones sobre la temática del día, deberían desembocar en un taller de lectura comprensiva con la brevedad narrativa puesta al servicio de la consecución del hábito lector.
El profesor Fabio Jurado Valencia, en un ensayo suyo publicado en la revista Iberoamericana hace ya algunos años – trata el tema, especialmente se refiere a las dificultades encontradas en las universidades sobre este particular y sugirió utilizar la narrativa, pero especialmente, la narrativa breve, los cuentos cortos, en el cometido de lograr ir acostumbrando a los estudiantes a la lectura como un ejercicio necesario.
La narrativa breve, nos ofrece la posibilidad de hacer lectura para no iniciados. La estrategia utilizada por el suscrito consistía en recrear los cuentos de autores conocidos, usados como textos- pretexto, para que nuestros discentes cuyos niveles de comprensión estaban en lo literal, pudieran mudar con la práctica permanente hacia lo inferencial induciéndolos incisivamente a través de talleres con preguntas tipo prueba saber – en ejercicios de comprensión lectora que demarcaran un camino hacia el entendimiento y a la sospecha de lo que el autor y el mismo texto pudieron haber querido decir . Esta última parte es importante que se deje clara. De lo literal a lo inferencial, está una línea de comprensión que requiere de algún recorrido por la lectura, pero además, también en ese recorrido quien lee debe ir familiarizándose con el significado de las palabras, en un proceso semantizador necesario para poder descubrir el sentido de oraciones, frases, párrafos y por ende del texto globalmente.
La brevedad narrativa expuesta de manera creativa como herramienta pedagógica, en procura de lograr la incorporación de la lectura como actividad dentro de la vida cotidiana de los jóvenes, viejos y niños, es tarea que debemos acometer en aras de alcanzar índices de lecturabilidad mucho más altos de los logrados hasta hoy a nivel nacional, erradicar la literalidad reinante en las nuevas generaciones al momento de leer, y pasar definitivamente hacia territorios de lo inferencial, donde seguramente las personas inmersas en la educación – estarán de frente y podrán ingresar al universo comprensivo de la lectura.

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