Crónica de un amor callejero

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Verlos ahí entre la manía solar y ver como este ramito de la locura del deseo les calcinaba los huesos y luego verla especialmente a ella, que lo acariciaba, lo tocaba, lo besaba y lo apretujaba contra su cuerpo de fuego, le prendía a uno la cabeza. Y luego ver como el auto que transitaba a toda velocidad por la avenida Oriental, revolucionaba el alma de los vientos en calma para levantarle la falda a la adolescente enamorada, hasta verle su intimidad en la boca de asombro de los transeúntes. Era otra experiencia voyerista maravillosa. En el tiempo inmediato que pasó después de esta revolución del dios del viento, todo regresó al punto cero de la doméstica y juvenil existencia de los dos chavales enamorados. Y sin embargo, ella persistió con el tierno disfrute de su sexo, fregado, frotado, mientras el cuerpo del otro se desbocaba en ansias locas por la porción animada de la joven. Él, con las manos al costado de su cuerpo esquelético, esperaba o intentaba adivinar el próximo movimiento de la pos-púber, y ambos ambiciosamente corrían a guarecerse de los puñales solares en la primera sombra que encontraron. Y por ahí cerca continuaron la fiebre de los cuerpos, y el alma de la bella dama, con sus ojos color café, encendidos, continúo buscándolo a tientas, casi ciega, entre los rayos de oro del sol. El joven dejaba que su instinto mamífero se violentara para corresponderle y frotarle sus deseos. Entonces levantaba los dos brazos para cruzarla por su espalda crujiente y frágil, obligándola a mojar eróticamente sus labios en el mar de sus besos de tierra caliente. Ella lo atraía hacia su cuerpo virgen y ambos culminan pegando sus esqueletos repletos de carne entre sí al desamparo de una temperatura que cocinaba los senos y los genitales más inocentes. Ambos se sostenían en una posición levítica hasta que sus miradas, dilatadas por la pasión contenida, se derramaban en sus labios y en el resto de sus cuerpos. El silencio, por varios segundos que parecían eternos, penetraba la piel de los ojos voyeristas, que alrededor también observaban la escena de aquel milagro fortuito. Porque el amor es eso, azar y frágil tiempo de espera, pero también misterio y deseo.
Yo que viajaba en la parte trasera de un auto logré vislumbrar el instante del milagro, dejándolo atrás y sintiendo que los abandonaba al malestar de la tierra y la vía. Poco a poco la silueta de los dos cuerpos frenéticos se hacía indefinible en el infinito universo del mundo, mientras la realidad cruda y salvaje regresaba otra vez a llenarle sus sentidos, o quizás a entorpecer la magia del milagro que inventaron los dos chavales.
Son las doce del mediodía y en la mitad de este universo de veinticuatro horas, un hombre y una mujer en cualquier parte del mundo han decidido vaciar de líquidos sus cuerpos para que la rutina estalle otra vez entre dos. Y es aquí donde un hombre o una mujer deciden volver a empezar, a cocer la madeja que hará posible la resurrección y el conocimiento de la ruta loca de la que se nutren los más caros sueños de los hombres.
Esta historia no es ambiciosa, el hombre del auto que la dejó escrita entre papeles de grasa, la garabateó para que otros hombres pudieran disfrutar los besos del mediodía, la respiración estrepitosa de la adolescencia, la locura de la contención sexual y la contingencia de los cuerpos peligrosamente agónicos de amor físico.

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