La otra faz

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Tal vez hayamos escuchado decir un día que el cristiano es sólo un ser humano que como todos los demás tiene la obligación de ser luz y sal en el mundo que le toca vivir. El seguidor de Cristo no puede simplemente acomodarse al vaivén muchas veces hipócrita de la sociedad donde vive y aunque respeta y acata la justicia humana, reconoce que ésta es pequeña comparada con la misericordia divina que va más allá de dar a cada quien lo que merece. El cristiano es consciente de que debe morar en esta tierra como extranjero sin olvidar nunca que su patria es el cielo. Alguien que cree en Dios también espera en él y sabe que, aunque aquí abajo ahora sólo tiene manos, algún día su fidelidad lo hará merecedor de un buen par de alas.
El Evangelio es claro en afirmar que un cristiano no tiene necesariamente que reaccionar como reaccionan las personas que no conocen a Cristo. La experiencia cristiana va más allá de amar sólo a aquellos que aman, hacer el bien sólo a quienes son bondadosos, regalar risas solo a los alegres, devolver el golpe y la puñalada a quienes los dan, cobrar el ojo lacerado o el diente arrancado con el mismo precio y con el mismo sufrimiento experimentado por nosotros… La experiencia cristiana nos pide actuar de forma diferente.
El cristiano está convidado a poner la otra mejilla, a no responder del mismo modo, a mostrar la otra faz, aquella que aún no conoce el golpe, la saliva y la humillación. Un discípulo del Maestro de Nazaret no puede asumir el comportamiento que el mundo tiene y él rechaza porque entonces no existe la mas mínima posibilidad de que las cosas cambien y las espirales del mal y de la violencia dejen de seguir creciendo sin parar. Fracasamos cuando nos dedicamos sólo a esperar que llegue el día en que sean los otros quienes tengan que parar y no consideramos siquiera la posibilidad de un día parar nosotros.
Lo anterior no quiere decir que el evangelio nos esté proponiendo ser idiotas y dejar que los otros se aprovechen de nuestra nobleza o estupidez. Nadie puede dejar que los otros le mortifiquen la vida todo el tiempo. El masoquismo, un dolor sufrido por sí mismo, no es un ideal cristiano. La tortura, el maltrato, el sadismo, la violencia en todas sus expresiones son realidades que van contra el ideal de santidad que el cristianismo propone. Nadie nació sólo para sufrir, aguantar, llorar y callar…
Colocar la otra faz es mostrar el otro lado de las cosas, es enseñar a los violentos que existe un camino diferente al de la venganza, es cuestionar el comportamiento equivocado del otro y hacerle saber que eso incomoda y hace daño inclusive a él. Es mostrarle al que odia la cara del amor, al que golpea la realidad de una caricia, al que insulta y maldice el bálsamo de una oración; es darle a quien roba y quita la alegría de la generosidad, al que quiere vernos a oscuras el milagro de la luz. La otra faz mía, la otra faz de él, la otra faz del mundo, la verdadera, la escondida, la auténtica, la que puede salvarnos… Esa es no solo la que hay que mostrar, es ante todo la que se tiene que ofrecer.

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