189 casas en Calamar

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No faltará quien diga en Calamar, (Bolívar), el pueblo por el que estuve a punto de dar la vida, que soy “yesista” aunque ese señor es tan nuevo en la política que ni siquiera tiene gentilicio de patrón político.

Es que cuando se tiene consciencia de las necesidades de un pueblo es de caballeros mencionar el nombre que quien, con base en esa consciencia, muestra resultados como alcalde o cualquier otro cargo que desempeñe. Calamar es un pueblo privilegiado geográfica y casi artísticamente por su posición, pero con una historia bamboleante entre las abundancias pasadas y la pobreza, la violencia y el abandono por parte de las viejas maquinarias políticas que lo han dirigido toda la vida pero que a estas alturas de la historia, aunque incomode decirlo, no tienen mucho que mostrar del pueblo que, según Gabo, para que vean el porqué de mi posición, fue una fiesta perpetua y hoy es un pueblo en ruinas de calles desoladas. Y duele decir más aún, aunque los amigos se molesten, que tuvo que venir del otro lado del mundo una familia libanés envuelta en el negocio del chance y tener un hijo que aspirara a la alcaldía y mucha gente lo apoyara cansada ya de los mismos con las mismas para que en el pueblo, por primera vez en su historia, empezaran a desarrollarse obras acorde con las necesidades más sentidas de la gente como el inicio del alcantarillado y pavimentación, la inmensa tarima para actos públicos, la recuperación de la Casa de la cultura, un buen impulso al hospital entre otras obras de ese nivel, superando la vieja manía de tapar huecos, pintar el camellón, echarle pedacitos de muralla a la albarrada, hacerle cualquier arreglo al polideportivo o adoquinar varias veces sin alcantarillado, como lo hizo el alcalde anterior, sólo el frente de su casa al tiempo que lejos, especulaba tal vez mi pueblo, se erigían “obras” con nombres propios. Es hora ya de quitar, en esta nueva era, la estatua del camellón. Mi otra razón para escribir esto es sentimental, porque cuando se sale de allá a uno se le olvidan las pasiones políticas y lo único que anhela es que, cada vez que regrese, encuentre a su pueblo lleno de vida como dice Diomedes refiriéndose a la mujer amada, y no ese en ruinas que muchas veces nos ha dado ganas de devolvernos llorando. El alcalde encontró el municipio endeudado hasta el alma por lo que ya todos sabemos incluyendo al violencia, pero con todo y eso no se arrugó y ahora, sumado a las otras realizaciones que ya he mencionado, tuve conocimiento que el municipio hizo un importante aporte para la construcción de 189 casas para las familias desplazadas y no desplazadas que todavía, de alguna manera, vivían en la calle. La verdad es que en mis insomnes y a veces hasta atrevidas cantaletas me había enfrascado solamente en el empleo, la educación y el hospital de segundo nivel en pro de la vida física y me había olvidado de la digna, pero cuando vi en las redes la cara de felicidad de Ana Zenit Salamanca recibiendo las llaves de su casa me sentí traidor. Por suerte no compra periódico y creo que no sabe leer, pero de lo contrario me hubiera insultado como siempre que le da la gana con sus palabras de grueso calibre. 189 casas nuevas con sus servicios públicos no sólo serán motivo para que 189 sonrisas nos reciban cuando regresemos los ausentes sino 189 edificaciones que le darán colorido y un poco de vida a la fachada de mi pueblo. Los que usan la política a su manera dirán que soy romántico y me la paso hablando de obras para el pueblo, pero es que Calamar no es un pueblo sino la casa de todos y necesita “muebles”, “techo”, “camas”, “platos”, “abanicos, “cuadros”, porque de nada sirve vivir en casas llenas de lujos como sucede con muchos allí mientras afuera, al entreabrir la puerta, el vaho de la grisácea atmósfera les echa la cara para atrás. Algo que me interesa personalmente, señor alcalde, recuperó la Casa de la Cultura que un grupo de artistas y yo luchamos, pero, hasta donde he visto, no ha tenido muy en cuenta a los artistas. Métale al hospital de segundo nivel y luego cree la escuela de arte, porque un joven que toca un instrumento jamás delinque.
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