Entramos al vaivén de las promesas

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Es notable en algunos miembros de la clase política, la ausencia de compromiso con la comunidad; da la impresión que la falta de vergüenza es la marca registrada de muchos de los que hicieron de la política una profesión, única y exclusivamente para acumular riquezas y poder, para hacer de la función pública un negocio privado y del erario un botín; para practicar el tráfico de influencias y para dispensar favores a familiares cercanos, para así mantenerlos en la muy conocida actividad de la contratocracia.
Como lo hemos reiterado en este mismo espacio editorial todo servidor público, llámese, Presidente, Gobernador, Alcalde, Diputado o Concejal, que en ejercicio de su poder no dé cumplimiento a las promesas que pregone durante su campaña, se le puede catalogar como un irresponsable.
Esta expresión muy generalizada en nuestros tiempos, escuchada especialmente entre las gentes pertenecientes a las clases populares debería ser tenida en cuenta en sus cotidianas meditaciones por los hombres y mujeres públicos y todos aquellos que aspiran serlo.
La sentencia adquiere en los actuales momentos tanta o mayor vigencia, por cuanto es abrumadora la mayoría de servidores públicos en nuestra ciudad que se dejan conducir por la ambición, para no perseguir en lo grande o en lo pequeño, otra cosa que la cacería de votos y asegurar de este modo la elección, sin importarle el cumplimiento de los compromisos pregonados.
Además, porque los compromisos adquiridos con los proyectos incluidos en sus programas anunciados, las promesas pregonadas ante las comunidades, las mismas que lo catapultan para que se concreten sus aspiraciones políticas, de sus deseos de servicio que tanto pregonan a lo largo y ancho del Distrito y el Departamento, durante el fragor de su campaña, dadas a conocer en sus discursos y de sus declaraciones a través de los medios de comunicación.
Promesas que al poco tiempo la mayoría de las veces se olvidan, produciendo la decepción de aquellos electores que durante el debate ponen todo su empeño, para que el candidato, logre la anhelada credencial que lo convierta en miembro de la corporación o para el cargo que propuso su nombre.
En Colombia son muchos los ejemplos de estas promesas: la entrega de subsidios para viviendas, programas de mejoramiento de vivienda y titulación de predios de propiedad de particulares víctimas de invasiones.
Nuestra democracia ha sido una víctima de múltiples casos como estos. Es aquí donde encontramos la justificación de su renuencia de acudir a los puestos de votación el día de las elecciones.
Es en el proceder irresponsable –por decir lo menos–, de algunos candidatos, donde encontramos la explicación a la alta abstención que se presenta en todas las jornadas electorales, es aquí donde se ha originado la desconfianza que reina entre la ciudadanía hacia la clase política, quienes se olvidan de sus electores el siguiente día de las elecciones.
Algo tendrán que hacer los propios políticos honestos – que todavía los hay– para que la comunidad vuelva a tenerlos como sus verdaderos representantes en los cargos ejecutivos y en los cuerpos colegiados designados a través del voto popular de los ciudadanos que acuden a las urnas.
Le recordamos a los congresistas, diputados y concejales, que cuando son elegidos adquieren el compromiso de hacer cumplir lo que está previsto en la Ley en materia de control político y de veedurías ciudadanas, para garantizar que los contratistas y concesionarios cumplan los compromisos adquiridos con la ciudadanía a través de sus investiduras, para así evitar que se sigan explotando espacios propicios para la coima, las comisiones, las mordidas y el ‘¿cómo voy yo ahí?’.

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